Noche de tormenta

La lluvia no cesa, ahí siguen las enormes nubes sin poder contener las gotas que llenan y empapan los caminos. Líneas de luz surcan el cielo, dejando una estela que culmina en estruendosos sonidos que aturden los sentidos.
Los autos avanzan lentamente, la gente huye desesperada, buscando un refugio para resguardarse de la furia del cielo. De pronto las luces de la ciudad colapsan ante el fuerte latigazo de un relámpago. El diluvio lleva más de una hora.
Mientras observo el frenesí pegada al cristal de la ventana, de nuevo los planes han cambiado y ahora se escurren como el agua que se cuela en los autos y en las casas.
Afuera la lluvia provoca un caos. En mi interior la tormenta es peor.
Me llevo a la cama los nervios crispados, el alma revuelta y las dudas revoloteando.
Todo se une y me paraliza bajo las sábanas. No sé cómo empezó pero de repente siento la boca reseca, los músculos entumidos y empiezo a percibir imágenes.
La gente alrededor sigue con sus actividades tan cotidianamente como si nada hubiera pasado y cuando trato de hablar no escucho mi voz, sólo siento que hay algo dentro que me impide pronunciar palabra.
Llevo mi mano a la boca, poco a poco empiezo a hurgar y encuentro hojas de navajas, vidrios rotos y clavos que estaban allí dentro, entre los dientes, enterrados en la lengua o debajo de ésta. Los retiro poco a poco con mucho cuidado para no lastimarme, sé bien dónde está cada uno, como si los hubiera escondido yo misma, así que mantengo la boca abierta y sin moverme. Me siento nerviosa pero no tengo miedo.
Frente a mí una mujer me observa, está parada a mitad de la calle, dentro de un enorme y agitado charco de agua lodosa que le llega hasta los muslos, su rostro está horrorizado pero sin dudar me ofrece una servilleta para recolectar todas las piezas que siguen saliendo. Al final no hay ni una gota de sangre, no queda nada más dentro de mi boca, solo una sensación amarga y reseca.
Se calman las aguas, el lodo se va. Y así como llegó, la mujer desaparece sin darme cuenta.
Despierto... no siento ningún pesar.