Cuatro elementos


Ahí estoy de nuevo en ese viejo camino que parece una visión de Burton. No hay luz, sólo una luna que no ilumina, pero logro ver un par de pies descalzos, firmes sobre la tierra que sienten fría y seca como escarcha. Ellos, seguros a su origen avanzan despacio, paso a paso sin mirar atrás. De repente escucho ruido. Algo se acerca haciéndose cada vez más intenso y sin la luz de la luna únicamente se percibe una sombra enorme.

En cuanto lo descubro me impresiona su tamaño y la velocidad con que se acerca. Es una marejada de agua dulce que viene arrancando y levantando las raíces de todo lo que encuentra a su paso, pero lo hace con tal suavidad que me dejo llevar entre sus ríos de espuma que parecen brazos de agua tibia que humedecen el cuerpo.

La gran ola lleva dentro de sí una luz cálida que alumbra todo el bosque y apaga el frío. Una luz que alcanza hasta las nubes dejando al descubierto un cielo algodonado. El cuerpo se incorpora lentamente hasta que logro equilibrarme sobre el oleaje que mantiene su movimiento constante.

Era una sensación tan maravillosa que sentí que volaba, por eso no noté cuando mis pies se elevaron, miré mis brazos y los levanté hacia las alturas intentando tomar el aire entre mis manos. Los extendí como si fuesen alas y jugué a que surcaba el cielo como las aves, planeando entre nubes.

Sin saber cómo, me aleje de la seguridad acuática y de pronto una ráfaga me golpeó, enredando mis brazos, inmovilizando todo el cuerpo. Caía en picada sin poder sostenerme de nada, girando envuelta en una bola de fuego, que no dañaba el exterior pero ardía en mi interior. Golpeé sin más contra el piso, al tiempo que saltaba de la cama.

Poco a poco el pulso se estabiliza y escucho ruidos que salen del colchón.

No hay luz. Ahí estoy.

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