Como cambian los días

Todo parecía tan común, tan rutinario. El ánimo lento alargaba las horas. Sobran las ganas y mis ganas están listas para no estar aquí.

La lectura vuelve los ojos pesados, el internet perdió el brillo y mientras en la tv batallan por crear las mejores delicias, aquí sólo se necesita un kilo de aburrimiento, una cucharada de hartazgo y dos gramos de desidia para lograr la mezcla perfecta que nos arroje a un viaje sin destino. Sin embargo, modificar los planes a última hora es algo que me molesta sobremanera. Aún debo aprender a improvisar.

La necesidad de aire puro, una mente sin receso, la urgencia de darle al día un giro que le cambie el sabor de pan integral, a algo más parecido a helado de chamoy; todo contribuye para buscar un camino que acabe con las tentaciones, un trayecto que aniquile la curiosidad y que destruya el fastidio.

Después de meditarlo dos veces, me despego del colchón, dejo el libro sobre la repisa y apago la tele dispuesta a no quedarme más entre esas cuatro paredes moradas. Abro y cierro el closet. Abro y cierro el closet. Abro... y rebusco. ¡No tengo nada que ponerme! Entonces me pongo lo mismo de siempre. Un poco informal, moderadamente atractivo y extremadamente cómodo.

Te llamé, no estabas. Entonces dispuse para mí lo que quedaba de aquella tarde. Después eras tú quien me buscaba. A fin de cuentas terminamos juntos.

Es sorprendente como un pequeño momento puede cambiar el día, borrar el bostezo y dibujar una sonrisa. Es curioso lo que se puede descubrir sobre uno mismo con tan sólo un poco de suerte. Que divertido finaliza todo cuando un suceso inesperado y una decisión desesperada dejan grabado en la mente un día que parecía ser invisible.

Los planes nunca salen como esperamos, pero siempre terminan mejor de lo que pensábamos.