Por mientras

Amaneció y el día pintaba para ser un lunes desaborido, la escena onírica de la noche anterior me dejó una estela de curiosidad e inquietud y me despertó el estómago sin sacudirme el sueño.

Tantas delicias allí presentes me hicieron girar la cabeza y dar una fuerte mordida, pero el insípido sabor de la almohada espabiló los restos de cansancio no muy justo a tiempo; así que fue necesario saltar de entre las sábanas directo a los pantalones.

Una peinada a los dientes. Un poco de pasta en el cabello. Y caí en cuenta que en algún momento tenía que abrir los ojos o terminaría usando los zapatos como aretes.

El tiempo se encogía. Hubo que elegir entre maquillaje o desayuno...
Es más fácil pedir un café para llevar.

La tarde se fue entre planes, ideas, idas y regresos que -como desde hace varios meses- giran en torno a una fecha especial.

Me perdí el atardecer en un pestañeo y amanecí viéndole la cara a la luna. Seguía tan inmersa en mis pendientes que no supe del colapso. De repente todo cambió y por el momento, el acontecimiento parece estar suspendido en el aire.

Aún todo está confuso, no entiendo qué pasó, todavía no quiero creer que todo el proceso de cortar, pegar, medir, decorar y la revolcada en brillantina no servirá de nada. Quiero creer que es sólo un lapso. Que es culpa de la tensión, de las prisas. Del maldito estrés. Tengo la esperanza de que tendrá solución.

Por mientras habrá que poner un velo sobre los muebles, guardar el material y reempaquetar las cajas para protegerlos del polvo. Habrá que esperar que baje la temperatura, enfriar el ánimo y abrir los sentidos. Es necesario aclarar el pensamiento.

Por mientras, hay que cerrar la casa, no el corazón.