Dos escenas

Hacía tanto que no se presentaba. Mucho tiempo sin ver la misma escena que, cuando suele ocurrir, me duele, me preocupa, me asusta.
No veo a nadie, no distingo voces, solo sé que no estoy sola.
Avanzo lentamente en un sendero totalmente oscuro. Sin saber a donde. Sin poder ver siquiera mis propios pasos, mientras siento el aire frío golpeando mi rostro.
Súbitamente todo cambia, comienza a parecer real, empieza a definirse la zona. Una calle conocida, casas y gente cercana.
Reconozco algunas voces. ¡Sí!, ya sé quienes son. Por lo menos ahora ya puedo hablar con alguien, al fin podré decirles que este dolor me está inmovilizando, no sé si será por el frío pero es que no recuerdo alguna otra causa.
Poco a poco entiendo, esto lo he sentido antes, pero tengo tanto miedo, sé lo que sucederá. Ahora veo un rostro familiar, justo el que menos desearía ver en esta situación, pero es la única persona cerca.
Toco mi rostro con la expresión afligida, triste y adolorida porque no quiero sentir esto. ¡No más! ¡Ya noooo!
Mamá... me duele... ¡mira, tiene sangre!
Extiendo mi puño y veo la pequeña pieza en mi palma, completa, cubierta de sangre...
Con mi lengua recorro el espacio que dejó en mi boca, abro mis ojos y repito la revisión, como queriendo verificar si está ahí o no. 

Ahora sólo es cuestión de tiempo.

**********************************************************************************************************
Noche. Abrigados. Dentro del auto. Sobre la carretera.
Paramos en una especie de mirador-acotamiento. El clima cambió, ahora hace calor, pides que bajen las ventanillas.
Mientras ustedes dos duermen, yo vigilo y trató de buscar donde está el fotográfo, pero sólo alcanzo a ver el barranco porque la espesa vegetación hace todo el panorama más oscuro.
Una curiosa ardilla aparece sobre el borde de la puerta y se introduce en el vehículo, caminando sobre tus hombros y los de ella; rodea el asiento, olfatea y busca siguiendo su instinto, corre de un lado hacia otro dando la impresión de que realiza un baile cómico. Me hace gracia su comportamiento hasta que cambia completamente, se vuelve una amenaza y ahora estoy batallando para sacarla.
Ya no es gracioso, ni divertido. Ahora está mordiendo mi mano, y a ustedes también los muerde, les grito y los muevo para que reaccionen y me ayuden con esta extraña batalla pero a pesar de eso, siguen durmiendo, plácida y tranquilamente como si no pudieran sentir ni oír nada.
Al fin logro tomarla por el lomo como suelen agarrarse a los gatos, y la arrojo por la ventana. La veo golpear duro contra el piso de tierra, entre piedras y maleza. 
Por fin, parece que todo termina; y me tranquilizo sin darme cuenta que hay más. Ahora, entran, no sé cómo pero se multiplican, me muerden, los lastiman y nadie escucha mis gritos. 
Es desesperante y ahora ni siquiera puedo moverme.

Falta el aire....

Me sobresalto ahogando el grito y recupero el aliento perdido. 
Apenas pasó una hora. 

No quiero dormir...