Había una vez un blog...
Pequeño, divertido, coqueto. Se alimentaba de letras que se cultivaban en los campos de la alegría o el dolor y su cosecha siempre era fructífera.
Sus días favoritos eran los fines de semana, cuando salía a pasear y regresaba lleno de momentos por contar, aunque en cada amanecer y anochecer encontraba fragmentos que agregarle a su crecimiento.
Pero después se quedó callado, cambió; se enredó entre rutinas y publicaciones fugaces, ahora está atrapado entre muros y tendencias populares que difícilmente le permiten superar los 140 caracteres de conversación.
Aún visita a sus vecinos pero hace mucho que no interactúa con ellos.
Necesita que el mundo se detenga por un rato para poder gritarle a la vida como solía hacerlo, pero para ello espera el momento de una gran cosecha, sabe ser paciente y dejar que las letras germinen y maduren a su propio ritmo.
Sabe que no envejecerá siempre que haya alguien dispuesto a visitarlo y se niega rotundamente a morir de olvido.
No encuentro título para esto
Que un perro me mordiera las manos se convirtió en un sueño muy recurrente. Siempre me dolía pero no gritaba aunque me quejaba con insistencia. Mis dedos sangraban y me veía tan desesperada hasta que llegaba el momento cuando ya no sentía más dolor. Otras tantas veces me enfrenté a fantasmas desconocidos. Sucesos extraños. Hablaba frases casi apocalípticas.
Creí que sólo eran alucinaciones sin sentido.
Entonces un día, entendí el significado de lo que veía. Abrí los ojos e intenté cerrar el corazón pero este necio desbaratado, se negaba a entender razones y seguía usando su pretexto favorito: el amor. Después pensé que quizás la venganza le daría tranquilidad, que si no podía exprimir de mi cuerpo hasta la última gota de dolor al menos podría hacerle sentir un poco de satisfacción.
Anhelaba ver el sufrimiento en otros ojos, tenía los medios adecuados, las armas infalibles, el deseo cegador. Se me ocurría provocar dolor, causar todo el daño posible, verte morir de tristeza; se me ocurría reírme en tu cara y disfrutar tu agonía. Se me antojaba no perdonarte jamás. En cada escenario que imaginaba se me ocurría que salía ganando. Creía que no tenía nada que perder, pues ya te había perdido.
Tenía esa idea loca dándome vueltas por la cabeza, noche y día. No lo puedo negar, nada de lo humano me es ajeno. Soñaba con venganzas pero despertaba con amarguras, me pesaban los hombros, me dolía el cuello y la espalda.
Viví y sentí cosas que jamás había experimentado.
Odié.
Tenía una batalla en mi interior. Un sí y un no disputándose mi cordura. Caminé con mis pies como piedras, hasta que enterré, borré, quemé, eliminé y me deshice de lo poco que tenía y lo mucho que cargaba. Traté de bloquear mis pensamientos con música y lectura, me perdí en viajes inesperados, medité. Lloré noches enteras. Hasta sentir que el odio se diluyó de mis ojos. Hasta sentir que el fuego de la venganza se extinguía.
Así entendí que nada resulta como uno lo imagina, que no hay venganza que cure heridas y que las heridas cierran, siempre que uno quiera. Que hay cosas que no comprendo pero ahora sé que suceden. Que amo sin condiciones. Que no soy mujer de maldiciones, ni rencores. Que deseo todo el bien para ti, pero sobre todo quiero lo mejor para mí.
Aún me quedan muchas preguntas, pero es mejor no insitir en buscar respuestas.
Descubrí que no soy débil. Comprendí que el perdón es la mejor respuesta. Y que todavía creo en el amor.
Creí que sólo eran alucinaciones sin sentido.
Entonces un día, entendí el significado de lo que veía. Abrí los ojos e intenté cerrar el corazón pero este necio desbaratado, se negaba a entender razones y seguía usando su pretexto favorito: el amor. Después pensé que quizás la venganza le daría tranquilidad, que si no podía exprimir de mi cuerpo hasta la última gota de dolor al menos podría hacerle sentir un poco de satisfacción.
Anhelaba ver el sufrimiento en otros ojos, tenía los medios adecuados, las armas infalibles, el deseo cegador. Se me ocurría provocar dolor, causar todo el daño posible, verte morir de tristeza; se me ocurría reírme en tu cara y disfrutar tu agonía. Se me antojaba no perdonarte jamás. En cada escenario que imaginaba se me ocurría que salía ganando. Creía que no tenía nada que perder, pues ya te había perdido.
Tenía esa idea loca dándome vueltas por la cabeza, noche y día. No lo puedo negar, nada de lo humano me es ajeno. Soñaba con venganzas pero despertaba con amarguras, me pesaban los hombros, me dolía el cuello y la espalda.
Viví y sentí cosas que jamás había experimentado.
Odié.
Tenía una batalla en mi interior. Un sí y un no disputándose mi cordura. Caminé con mis pies como piedras, hasta que enterré, borré, quemé, eliminé y me deshice de lo poco que tenía y lo mucho que cargaba. Traté de bloquear mis pensamientos con música y lectura, me perdí en viajes inesperados, medité. Lloré noches enteras. Hasta sentir que el odio se diluyó de mis ojos. Hasta sentir que el fuego de la venganza se extinguía.
Así entendí que nada resulta como uno lo imagina, que no hay venganza que cure heridas y que las heridas cierran, siempre que uno quiera. Que hay cosas que no comprendo pero ahora sé que suceden. Que amo sin condiciones. Que no soy mujer de maldiciones, ni rencores. Que deseo todo el bien para ti, pero sobre todo quiero lo mejor para mí.
Aún me quedan muchas preguntas, pero es mejor no insitir en buscar respuestas.
Descubrí que no soy débil. Comprendí que el perdón es la mejor respuesta. Y que todavía creo en el amor.
Tal vez es tiempo de hacerle más caso a mi intuición o a mis sueños.
Tal vez debo dormir más y soñar menos.
Tal vez debo esperar menos o nada.
Tal vez tengo que aprender a fingir y aparentar que no me importa.
Tal vez soy muy egoísta.
Tal vez podría eliminar la diferencia entre un "te quiero" y un "te amo".
Es que a veces me resulta tan confuso entender mis pensamientos, que me es necesario comprobar que estoy equivocada, pero si no me equivoco entonces me quedo pasmada.
Y luego pasa que me salgo de mí. Y mi cuerpo va y viene y hace todo lo que la rutina le ha enseñado, pero yo no, simplemente no estoy.
Mi mente se queda en la cama y mi corazón, sólo me convierte en sobreviviente.
Y ha sido así desde el día que me fui. Desde aquel momento en que me marché, sin decir más nada, ni siquiera un adiós.
Simplemente caminé sin voltear la mirada y con los hombros pesados, hasta que lejos de su vista me detuve, me cubrí el rostro con las manos y por fin lloré.
Tal vez pronto cambiará. Sé que así será. Sólo basta sacudirme un poco más.
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Tal vez debo dormir más y soñar menos.
Tal vez debo esperar menos o nada.
Tal vez tengo que aprender a fingir y aparentar que no me importa.
Tal vez soy muy egoísta.
Tal vez podría eliminar la diferencia entre un "te quiero" y un "te amo".
Es que a veces me resulta tan confuso entender mis pensamientos, que me es necesario comprobar que estoy equivocada, pero si no me equivoco entonces me quedo pasmada.
Y luego pasa que me salgo de mí. Y mi cuerpo va y viene y hace todo lo que la rutina le ha enseñado, pero yo no, simplemente no estoy.
Mi mente se queda en la cama y mi corazón, sólo me convierte en sobreviviente.
Y ha sido así desde el día que me fui. Desde aquel momento en que me marché, sin decir más nada, ni siquiera un adiós.
Simplemente caminé sin voltear la mirada y con los hombros pesados, hasta que lejos de su vista me detuve, me cubrí el rostro con las manos y por fin lloré.
Tal vez pronto cambiará. Sé que así será. Sólo basta sacudirme un poco más.
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Cuestión de tiempo
Ya no sé lo que escribo. Creo que sólo son un montón de palabras sin orden ni sentido.Llevo muchos días ausente. No sé cuando volveré, pero las letras no se han ido. Siguen ahí, en papel o en pantalla. Escondidas tras alguna foto o tratando de salir de un laberinto de sueños.
Esto no es un abandono, no me voy pero me he perdido.
Quizás unos días fuera de mí me sirvan para regresar a este espacio. Tal vez sólo es cuestión de ver entre recuerdos.
Mientras... mientras sigo en el camino.
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Realidades
Mientras estos días se extinguen, voy dejando atrás la pesadez de los mismos, que vinieron como tormenta nocturna sin previo aviso.
Después de lo vivido, después de lo aprendido, la experiencia queda, los traumas afectan, pero no queda más que vencer el miedo, superar las adversidades y seguir hacia adelante. Entender que "el miedo siempre está dispuesto a ver las cosas peor de lo que son".
Pero la realidad no se puede ocultar y la verdad es que la gente no habla más que de lo terrible y peligrosa que se ha vuelto la vida que nos está tocando vivir… y así crece y se anida el miedo. Nos gana, nos apresa, nos frustra.
Y poco a poco se acostumbran a vivir con temor a la noche, al día, al vecino, a pasar por el mismo lugar; viven temerosos de salir a la tienda, de hablar con desconocidos, de caminar sin compañía. Es cierto, no hay seguridad, no la hallaremos en las calles o en quienes se supone que trabajan para eso; hay pánico y desconfianza.
Cuando será el momento en que podamos recuperar la tranquilidad? ¿Algún día podremos volver a sentarnos en las afueras de nuestras casas, con las puertas abiertas? No lo sé. Eso parece una ilusión. Sólo sé que no quiero, ni debo guardar miedos y angustias porque a veces la vida nos hace reír pero también nos hace llorar.
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Después de lo vivido, después de lo aprendido, la experiencia queda, los traumas afectan, pero no queda más que vencer el miedo, superar las adversidades y seguir hacia adelante. Entender que "el miedo siempre está dispuesto a ver las cosas peor de lo que son".
Pero la realidad no se puede ocultar y la verdad es que la gente no habla más que de lo terrible y peligrosa que se ha vuelto la vida que nos está tocando vivir… y así crece y se anida el miedo. Nos gana, nos apresa, nos frustra.
Y poco a poco se acostumbran a vivir con temor a la noche, al día, al vecino, a pasar por el mismo lugar; viven temerosos de salir a la tienda, de hablar con desconocidos, de caminar sin compañía. Es cierto, no hay seguridad, no la hallaremos en las calles o en quienes se supone que trabajan para eso; hay pánico y desconfianza.
Cuando será el momento en que podamos recuperar la tranquilidad? ¿Algún día podremos volver a sentarnos en las afueras de nuestras casas, con las puertas abiertas? No lo sé. Eso parece una ilusión. Sólo sé que no quiero, ni debo guardar miedos y angustias porque a veces la vida nos hace reír pero también nos hace llorar.
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