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Sin tiempo que perder
No puedo más lo tengo que soltar...
Si hay algo en esta vida que me haga rabiar (¡que me empute pues!), es que me cancelen o cambien los planes en el último momento.
Y no es porque sea yo la persona más solicitada de la ciudad -ni al caso- y entiendo también que hay situaciones imprevistas que quedan fuera de nuestro control. Reconozco que lo he hecho en ocasiones, precisamente por imprevistos urgentes y de verdad me aflige quedar mal con quien o quienes ya tenía una cita acordada. ¡Pero carajo, qué tan difícil es mantener un compromiso ya establecido si no hay un motivo de fuerza mayor que impida cumplir con lo acordado! Pretextos, excusas y vagas promesas salen sobrando. La decisión ya está tomada.
¿Se imaginan siquiera lo que representa ese cambio?
¿Soy muy metódica? Sí. ¿Inflexible? No lo creo. Más bien creo que es cuestión de respetar el tiempo de uno, de los demás, el tiempo de todos. MI TIEMPO, ese que decido dedicar a las personas que quiero, que me importan; gente con quienes quiero disfrutar un buen momento. Gente que he EXTRAÑADO por no poder verles tan seguido como quisiera, ya sea por cuestiones laborales, familiares y/o personales. Me parece incluso una de las peores faltas de respeto, una total indiferencia hacia mis actividades y también mis sentimientos.
Por desgracia -para mí- es algo que jamás podré controlar. ¡Qué feliz sería si pudiera tomar acciones cada vez que alguien me cancela o me cambia la cita! Algo así como un superpoder estilo X-Men o un hechizo muy a lo Harry Potter, pero no, lo único que puedo hacer, después del episodio de coraje, es re adaptar mi agenda y si es posible ajustarme a la nueva cita. Sin embargo, también llega a cansar tener que reajustarme a conveniencia de otros y dejar que hagan con mi tiempo lo que se les dé la gana. Tal vez algún día solo les responda como dice Rosana, "hoy pa' ti no estoy".
Lo bueno de todo es que siempre sé qué hacer con ese tiempo congelado y nunca falta la invitación inesperada a una nueva historia. Lo bueno también, es que aún tengo este espacio para desahogarme.
No encuentro título para esto
Que un perro me mordiera las manos se convirtió en un sueño muy recurrente. Siempre me dolía pero no gritaba aunque me quejaba con insistencia. Mis dedos sangraban y me veía tan desesperada hasta que llegaba el momento cuando ya no sentía más dolor. Otras tantas veces me enfrenté a fantasmas desconocidos. Sucesos extraños. Hablaba frases casi apocalípticas.
Creí que sólo eran alucinaciones sin sentido.
Entonces un día, entendí el significado de lo que veía. Abrí los ojos e intenté cerrar el corazón pero este necio desbaratado, se negaba a entender razones y seguía usando su pretexto favorito: el amor. Después pensé que quizás la venganza le daría tranquilidad, que si no podía exprimir de mi cuerpo hasta la última gota de dolor al menos podría hacerle sentir un poco de satisfacción.
Anhelaba ver el sufrimiento en otros ojos, tenía los medios adecuados, las armas infalibles, el deseo cegador. Se me ocurría provocar dolor, causar todo el daño posible, verte morir de tristeza; se me ocurría reírme en tu cara y disfrutar tu agonía. Se me antojaba no perdonarte jamás. En cada escenario que imaginaba se me ocurría que salía ganando. Creía que no tenía nada que perder, pues ya te había perdido.
Tenía esa idea loca dándome vueltas por la cabeza, noche y día. No lo puedo negar, nada de lo humano me es ajeno. Soñaba con venganzas pero despertaba con amarguras, me pesaban los hombros, me dolía el cuello y la espalda.
Viví y sentí cosas que jamás había experimentado.
Odié.
Tenía una batalla en mi interior. Un sí y un no disputándose mi cordura. Caminé con mis pies como piedras, hasta que enterré, borré, quemé, eliminé y me deshice de lo poco que tenía y lo mucho que cargaba. Traté de bloquear mis pensamientos con música y lectura, me perdí en viajes inesperados, medité. Lloré noches enteras. Hasta sentir que el odio se diluyó de mis ojos. Hasta sentir que el fuego de la venganza se extinguía.
Así entendí que nada resulta como uno lo imagina, que no hay venganza que cure heridas y que las heridas cierran, siempre que uno quiera. Que hay cosas que no comprendo pero ahora sé que suceden. Que amo sin condiciones. Que no soy mujer de maldiciones, ni rencores. Que deseo todo el bien para ti, pero sobre todo quiero lo mejor para mí.
Aún me quedan muchas preguntas, pero es mejor no insitir en buscar respuestas.
Descubrí que no soy débil. Comprendí que el perdón es la mejor respuesta. Y que todavía creo en el amor.
Creí que sólo eran alucinaciones sin sentido.
Entonces un día, entendí el significado de lo que veía. Abrí los ojos e intenté cerrar el corazón pero este necio desbaratado, se negaba a entender razones y seguía usando su pretexto favorito: el amor. Después pensé que quizás la venganza le daría tranquilidad, que si no podía exprimir de mi cuerpo hasta la última gota de dolor al menos podría hacerle sentir un poco de satisfacción.
Anhelaba ver el sufrimiento en otros ojos, tenía los medios adecuados, las armas infalibles, el deseo cegador. Se me ocurría provocar dolor, causar todo el daño posible, verte morir de tristeza; se me ocurría reírme en tu cara y disfrutar tu agonía. Se me antojaba no perdonarte jamás. En cada escenario que imaginaba se me ocurría que salía ganando. Creía que no tenía nada que perder, pues ya te había perdido.
Tenía esa idea loca dándome vueltas por la cabeza, noche y día. No lo puedo negar, nada de lo humano me es ajeno. Soñaba con venganzas pero despertaba con amarguras, me pesaban los hombros, me dolía el cuello y la espalda.
Viví y sentí cosas que jamás había experimentado.
Odié.
Tenía una batalla en mi interior. Un sí y un no disputándose mi cordura. Caminé con mis pies como piedras, hasta que enterré, borré, quemé, eliminé y me deshice de lo poco que tenía y lo mucho que cargaba. Traté de bloquear mis pensamientos con música y lectura, me perdí en viajes inesperados, medité. Lloré noches enteras. Hasta sentir que el odio se diluyó de mis ojos. Hasta sentir que el fuego de la venganza se extinguía.
Así entendí que nada resulta como uno lo imagina, que no hay venganza que cure heridas y que las heridas cierran, siempre que uno quiera. Que hay cosas que no comprendo pero ahora sé que suceden. Que amo sin condiciones. Que no soy mujer de maldiciones, ni rencores. Que deseo todo el bien para ti, pero sobre todo quiero lo mejor para mí.
Aún me quedan muchas preguntas, pero es mejor no insitir en buscar respuestas.
Descubrí que no soy débil. Comprendí que el perdón es la mejor respuesta. Y que todavía creo en el amor.
Tal vez es tiempo de hacerle más caso a mi intuición o a mis sueños.
Tal vez debo dormir más y soñar menos.
Tal vez debo esperar menos o nada.
Tal vez tengo que aprender a fingir y aparentar que no me importa.
Tal vez soy muy egoísta.
Tal vez podría eliminar la diferencia entre un "te quiero" y un "te amo".
Es que a veces me resulta tan confuso entender mis pensamientos, que me es necesario comprobar que estoy equivocada, pero si no me equivoco entonces me quedo pasmada.
Y luego pasa que me salgo de mí. Y mi cuerpo va y viene y hace todo lo que la rutina le ha enseñado, pero yo no, simplemente no estoy.
Mi mente se queda en la cama y mi corazón, sólo me convierte en sobreviviente.
Y ha sido así desde el día que me fui. Desde aquel momento en que me marché, sin decir más nada, ni siquiera un adiós.
Simplemente caminé sin voltear la mirada y con los hombros pesados, hasta que lejos de su vista me detuve, me cubrí el rostro con las manos y por fin lloré.
Tal vez pronto cambiará. Sé que así será. Sólo basta sacudirme un poco más.
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Tal vez debo dormir más y soñar menos.
Tal vez debo esperar menos o nada.
Tal vez tengo que aprender a fingir y aparentar que no me importa.
Tal vez soy muy egoísta.
Tal vez podría eliminar la diferencia entre un "te quiero" y un "te amo".
Es que a veces me resulta tan confuso entender mis pensamientos, que me es necesario comprobar que estoy equivocada, pero si no me equivoco entonces me quedo pasmada.
Y luego pasa que me salgo de mí. Y mi cuerpo va y viene y hace todo lo que la rutina le ha enseñado, pero yo no, simplemente no estoy.
Mi mente se queda en la cama y mi corazón, sólo me convierte en sobreviviente.
Y ha sido así desde el día que me fui. Desde aquel momento en que me marché, sin decir más nada, ni siquiera un adiós.
Simplemente caminé sin voltear la mirada y con los hombros pesados, hasta que lejos de su vista me detuve, me cubrí el rostro con las manos y por fin lloré.
Tal vez pronto cambiará. Sé que así será. Sólo basta sacudirme un poco más.
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Realidades
Mientras estos días se extinguen, voy dejando atrás la pesadez de los mismos, que vinieron como tormenta nocturna sin previo aviso.
Después de lo vivido, después de lo aprendido, la experiencia queda, los traumas afectan, pero no queda más que vencer el miedo, superar las adversidades y seguir hacia adelante. Entender que "el miedo siempre está dispuesto a ver las cosas peor de lo que son".
Pero la realidad no se puede ocultar y la verdad es que la gente no habla más que de lo terrible y peligrosa que se ha vuelto la vida que nos está tocando vivir… y así crece y se anida el miedo. Nos gana, nos apresa, nos frustra.
Y poco a poco se acostumbran a vivir con temor a la noche, al día, al vecino, a pasar por el mismo lugar; viven temerosos de salir a la tienda, de hablar con desconocidos, de caminar sin compañía. Es cierto, no hay seguridad, no la hallaremos en las calles o en quienes se supone que trabajan para eso; hay pánico y desconfianza.
Cuando será el momento en que podamos recuperar la tranquilidad? ¿Algún día podremos volver a sentarnos en las afueras de nuestras casas, con las puertas abiertas? No lo sé. Eso parece una ilusión. Sólo sé que no quiero, ni debo guardar miedos y angustias porque a veces la vida nos hace reír pero también nos hace llorar.
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Después de lo vivido, después de lo aprendido, la experiencia queda, los traumas afectan, pero no queda más que vencer el miedo, superar las adversidades y seguir hacia adelante. Entender que "el miedo siempre está dispuesto a ver las cosas peor de lo que son".
Pero la realidad no se puede ocultar y la verdad es que la gente no habla más que de lo terrible y peligrosa que se ha vuelto la vida que nos está tocando vivir… y así crece y se anida el miedo. Nos gana, nos apresa, nos frustra.
Y poco a poco se acostumbran a vivir con temor a la noche, al día, al vecino, a pasar por el mismo lugar; viven temerosos de salir a la tienda, de hablar con desconocidos, de caminar sin compañía. Es cierto, no hay seguridad, no la hallaremos en las calles o en quienes se supone que trabajan para eso; hay pánico y desconfianza.
Cuando será el momento en que podamos recuperar la tranquilidad? ¿Algún día podremos volver a sentarnos en las afueras de nuestras casas, con las puertas abiertas? No lo sé. Eso parece una ilusión. Sólo sé que no quiero, ni debo guardar miedos y angustias porque a veces la vida nos hace reír pero también nos hace llorar.
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Septiembre otra vez (II)
Aquí en soledad quiero brindar, sin vino, con música y nadie más.
Brindaré por dos cosas.
Brindo por mi dolor. Ese que me invade noche a noche, que no me deja respirar porque me reclama que tenía todo y lo dejé escapar.
Y brindo también por mi valor. El valor de estar aquí enfrentándome a mis pensamientos, al anhelo de sentirte, recordarte y aguantar el deseo de volverte a abrazar. Valor por reconocer que aposté todo y perdí; que di todo, que amé y estuve dispuesta a luchar.
Lo supe desde tiempo atrás, la razón me lo decía, pero le había puesto un velo que me resistía a quitar.
Qué ilusa fui, me sentía invencible, poderosa; hoy tengo miedo, y me invade la soledad.
En los días de angustia me ahogaba en pensamientos, buscaba una escapatoria a la ansiedad, quería escribir las mismas palabras llenas de coraje y dolor, palabras que la ira pensaba por mí; sin embargo no llegaban nunca, no lograban cuadrar; hacía y deshacía textos que no me terminaban de gustar. Ahora entiendo que no era furia lo que había dentro de mí, sólo una enorme tristeza por la certeza de que había llegado el final.
Ya no tiene caso hablar del silencio, de la cobardía, de las mentiras; los reproches no tienen sentido. Nada de eso hará la situación cambiar.
Hoy aquí me detengo sólo por un momento, para tomar un respiro y recuperar el ánimo de continuar.
Habrá que tomarlo con calma y la cabeza fría, tienes razón en decir que el perdón no sirve para mejorar lo pasado, pero el futuro tal vez; después de todo llegué a mi límite, me conocí un poco más y aunque tomó más tiempo de lo que creí, hoy sé bien lo que quiero y para bien o para mal, tú no puedes ni lo quieres dar.
No me rindo aún, ni tengo nada que celebrar, falta mucho más; todavía quedan noches sin dormir, queda mucho qué pensar.
Brindaré por dos cosas.
Brindo por mi dolor. Ese que me invade noche a noche, que no me deja respirar porque me reclama que tenía todo y lo dejé escapar.
Y brindo también por mi valor. El valor de estar aquí enfrentándome a mis pensamientos, al anhelo de sentirte, recordarte y aguantar el deseo de volverte a abrazar. Valor por reconocer que aposté todo y perdí; que di todo, que amé y estuve dispuesta a luchar.
Lo supe desde tiempo atrás, la razón me lo decía, pero le había puesto un velo que me resistía a quitar.
Qué ilusa fui, me sentía invencible, poderosa; hoy tengo miedo, y me invade la soledad.
En los días de angustia me ahogaba en pensamientos, buscaba una escapatoria a la ansiedad, quería escribir las mismas palabras llenas de coraje y dolor, palabras que la ira pensaba por mí; sin embargo no llegaban nunca, no lograban cuadrar; hacía y deshacía textos que no me terminaban de gustar. Ahora entiendo que no era furia lo que había dentro de mí, sólo una enorme tristeza por la certeza de que había llegado el final.
Ya no tiene caso hablar del silencio, de la cobardía, de las mentiras; los reproches no tienen sentido. Nada de eso hará la situación cambiar.
Hoy aquí me detengo sólo por un momento, para tomar un respiro y recuperar el ánimo de continuar.
Habrá que tomarlo con calma y la cabeza fría, tienes razón en decir que el perdón no sirve para mejorar lo pasado, pero el futuro tal vez; después de todo llegué a mi límite, me conocí un poco más y aunque tomó más tiempo de lo que creí, hoy sé bien lo que quiero y para bien o para mal, tú no puedes ni lo quieres dar.
No me rindo aún, ni tengo nada que celebrar, falta mucho más; todavía quedan noches sin dormir, queda mucho qué pensar.
Noche de tormenta
La lluvia no cesa, ahí siguen las enormes nubes sin poder contener las gotas que llenan y empapan los caminos. Líneas de luz surcan el cielo, dejando una estela que culmina en estruendosos sonidos que aturden los sentidos.
Los autos avanzan lentamente, la gente huye desesperada, buscando un refugio para resguardarse de la furia del cielo. De pronto las luces de la ciudad colapsan ante el fuerte latigazo de un relámpago. El diluvio lleva más de una hora.
Mientras observo el frenesí pegada al cristal de la ventana, de nuevo los planes han cambiado y ahora se escurren como el agua que se cuela en los autos y en las casas.
Afuera la lluvia provoca un caos. En mi interior la tormenta es peor.
Me llevo a la cama los nervios crispados, el alma revuelta y las dudas revoloteando.
Todo se une y me paraliza bajo las sábanas. No sé cómo empezó pero de repente siento la boca reseca, los músculos entumidos y empiezo a percibir imágenes.
La gente alrededor sigue con sus actividades tan cotidianamente como si nada hubiera pasado y cuando trato de hablar no escucho mi voz, sólo siento que hay algo dentro que me impide pronunciar palabra.
Llevo mi mano a la boca, poco a poco empiezo a hurgar y encuentro hojas de navajas, vidrios rotos y clavos que estaban allí dentro, entre los dientes, enterrados en la lengua o debajo de ésta. Los retiro poco a poco con mucho cuidado para no lastimarme, sé bien dónde está cada uno, como si los hubiera escondido yo misma, así que mantengo la boca abierta y sin moverme. Me siento nerviosa pero no tengo miedo.
Frente a mí una mujer me observa, está parada a mitad de la calle, dentro de un enorme y agitado charco de agua lodosa que le llega hasta los muslos, su rostro está horrorizado pero sin dudar me ofrece una servilleta para recolectar todas las piezas que siguen saliendo. Al final no hay ni una gota de sangre, no queda nada más dentro de mi boca, solo una sensación amarga y reseca.
Se calman las aguas, el lodo se va. Y así como llegó, la mujer desaparece sin darme cuenta.
Despierto... no siento ningún pesar.
Los autos avanzan lentamente, la gente huye desesperada, buscando un refugio para resguardarse de la furia del cielo. De pronto las luces de la ciudad colapsan ante el fuerte latigazo de un relámpago. El diluvio lleva más de una hora.
Mientras observo el frenesí pegada al cristal de la ventana, de nuevo los planes han cambiado y ahora se escurren como el agua que se cuela en los autos y en las casas.
Afuera la lluvia provoca un caos. En mi interior la tormenta es peor.
Me llevo a la cama los nervios crispados, el alma revuelta y las dudas revoloteando.
Todo se une y me paraliza bajo las sábanas. No sé cómo empezó pero de repente siento la boca reseca, los músculos entumidos y empiezo a percibir imágenes.
La gente alrededor sigue con sus actividades tan cotidianamente como si nada hubiera pasado y cuando trato de hablar no escucho mi voz, sólo siento que hay algo dentro que me impide pronunciar palabra.
Llevo mi mano a la boca, poco a poco empiezo a hurgar y encuentro hojas de navajas, vidrios rotos y clavos que estaban allí dentro, entre los dientes, enterrados en la lengua o debajo de ésta. Los retiro poco a poco con mucho cuidado para no lastimarme, sé bien dónde está cada uno, como si los hubiera escondido yo misma, así que mantengo la boca abierta y sin moverme. Me siento nerviosa pero no tengo miedo.
Frente a mí una mujer me observa, está parada a mitad de la calle, dentro de un enorme y agitado charco de agua lodosa que le llega hasta los muslos, su rostro está horrorizado pero sin dudar me ofrece una servilleta para recolectar todas las piezas que siguen saliendo. Al final no hay ni una gota de sangre, no queda nada más dentro de mi boca, solo una sensación amarga y reseca.
Se calman las aguas, el lodo se va. Y así como llegó, la mujer desaparece sin darme cuenta.
Despierto... no siento ningún pesar.
Vuelve a ser tú
Hay actitudes que me agrietan los ánimos, palabras que se me clavan como espinas, acciones que me hunden entre mis propios huesos. Hay sucesos que me revuelcan los sentimientos y liberan ciertos demonios que lo único que hacen es revolverme la cabeza. Y entonces empiezo a cuestionarme.
A veces mis convicciones se pelean con las tradiciones porque me parecen una estupidez, y sobre todo cuando por 'mantener' esas costumbres se pierde el sentido de la vida -qué todavía no sé exactamente cómo definirlo- pero creo que desde el momento en que lo que estás por hacer no te convence, es mejor enfrentarse a los gigantes, decir NO, claro y fuerte, dar la vuelta y emprender la retirada, aunque parezca cobardía.
No es fácil es cierto, nadie nos prometió un jardín de rosas, pero no será el fin del mundo, a pesar de que por momentos lo parezca. Poco a poco el vacío se irá reduciendo y el panorama volverá a teñirse de color.
- Si tan sólo pudiéramos regresar el tiempo. Me dices con la mirada clavada en el infinito. Y te lanzo mis miradas que hablan por sí solas. - Ya sé lo que me vas a decir.
Todos lo deseamos alguna vez, pero sabemos que esa es la utopía favorita del ser humano. El tiempo no se detendrá y mucho menos regresará, lo único que puedes hacer es retomar tus pasos para enderezar tu camino, seguir sobre tus ideales para alcanzar tus metas.
No pretendo convencerte de nada. Mis palabras sólo sirven para hacerte ver lo que ya sabes. Tú tienes la solución, ya lo has pensado, lo sientes, pero no te atreves a hacerlo. Si ya no tienes nada que dar, por más que te esfuerces no será natural. Si estás al límite, pronto colapsarás. Si sientes que ya hiciste tu mayor esfuerzo, pusiste empeño, agotaste tu paciencia y nada parece cambiar entonces ese cambio no está en ti.
Déjalo. Y vuelve a ser tú.
----------------
Listening to: Enigma - Return To Innocence
via FoxyTunes
A veces mis convicciones se pelean con las tradiciones porque me parecen una estupidez, y sobre todo cuando por 'mantener' esas costumbres se pierde el sentido de la vida -qué todavía no sé exactamente cómo definirlo- pero creo que desde el momento en que lo que estás por hacer no te convence, es mejor enfrentarse a los gigantes, decir NO, claro y fuerte, dar la vuelta y emprender la retirada, aunque parezca cobardía.
No es fácil es cierto, nadie nos prometió un jardín de rosas, pero no será el fin del mundo, a pesar de que por momentos lo parezca. Poco a poco el vacío se irá reduciendo y el panorama volverá a teñirse de color.
- Si tan sólo pudiéramos regresar el tiempo. Me dices con la mirada clavada en el infinito. Y te lanzo mis miradas que hablan por sí solas. - Ya sé lo que me vas a decir.
Todos lo deseamos alguna vez, pero sabemos que esa es la utopía favorita del ser humano. El tiempo no se detendrá y mucho menos regresará, lo único que puedes hacer es retomar tus pasos para enderezar tu camino, seguir sobre tus ideales para alcanzar tus metas.
No pretendo convencerte de nada. Mis palabras sólo sirven para hacerte ver lo que ya sabes. Tú tienes la solución, ya lo has pensado, lo sientes, pero no te atreves a hacerlo. Si ya no tienes nada que dar, por más que te esfuerces no será natural. Si estás al límite, pronto colapsarás. Si sientes que ya hiciste tu mayor esfuerzo, pusiste empeño, agotaste tu paciencia y nada parece cambiar entonces ese cambio no está en ti.
Déjalo. Y vuelve a ser tú.
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Buscando respuestas
¿Será que en todos los casos se pasa por las mismas etapas?
Cuando se está a punto de dar un paso que cambiará nuestras vidas, ocurre un 'algo' que sacude nuestro mundo y nos derrumba la realidad. No es la primera vez que lo veo.
De repente caemos en laberintos mentales de los que podríamos haber salido tan fácilmente de no haber sido por querer evitar algo peor.
Quizás se requiere alcanzar un nivel máximo, casi un punto de quiebre, para soltar las tensiones y poder continuar.
O también creo que tiene mucho que ver nuestra mala costumbre de aguantar y aguantar sin decir nada, enterrando las dudas, tragando los corajes y seguir llenando el tanque de basura y bilis hasta que nos saturamos al punto de parecer una olla de presión, y al más mínimo roce explotar, salpicando todo alrededor.
¿En qué área de la conciencia se queda encerrada la razón cuando el corazón impone sus deseos?
Esa eterna batalla que nos eleva y nos entierra en cuestion de segundos, es el eterno dilema entre hacer las cosas bien o hacer lo que queremos, entendiendo por lo primero lo que la sociedad marca como lo correcto; y en el segundo caso, como lo que deseamos aunque a nadie le haga bien. ¿A quién obedecer, al frío y siempre cuerdo cerebro, o al loco e impulsivo corazón?
Si la vida es tan sencilla ¿por qué nos la complicamos tanto?
Sabes que estás jugando con fuego, te estás metiendo en camisa de once varas, le estas buscando tres pies al gato; sabes que eso no te agrada, no estás conforme, te sientes lleno de dudas; sabes que tú camino no está ahí, no eres feliz, pero aún así, con alma de mártir decides sacrificarte un poquito, simplemente porque es lo correcto... Contéstame: ¿Para quién?
Mientras observo, analizo y me confundo más sobre mis propias convicciones. No soy una experta, no lo sé todo sobre la vida. Sigo aprendiendo y sobre mis propios pasos trato de no equivocar mi camino.
En realidad yo ya no sé qué esperar, aunque no es mala idea lo de no esperar nada.
****
Magu, espero que salgas del laberinto antes de que sea demasiado tarde.
Cuando se está a punto de dar un paso que cambiará nuestras vidas, ocurre un 'algo' que sacude nuestro mundo y nos derrumba la realidad. No es la primera vez que lo veo.
De repente caemos en laberintos mentales de los que podríamos haber salido tan fácilmente de no haber sido por querer evitar algo peor.
Quizás se requiere alcanzar un nivel máximo, casi un punto de quiebre, para soltar las tensiones y poder continuar.
O también creo que tiene mucho que ver nuestra mala costumbre de aguantar y aguantar sin decir nada, enterrando las dudas, tragando los corajes y seguir llenando el tanque de basura y bilis hasta que nos saturamos al punto de parecer una olla de presión, y al más mínimo roce explotar, salpicando todo alrededor.
¿En qué área de la conciencia se queda encerrada la razón cuando el corazón impone sus deseos?
Esa eterna batalla que nos eleva y nos entierra en cuestion de segundos, es el eterno dilema entre hacer las cosas bien o hacer lo que queremos, entendiendo por lo primero lo que la sociedad marca como lo correcto; y en el segundo caso, como lo que deseamos aunque a nadie le haga bien. ¿A quién obedecer, al frío y siempre cuerdo cerebro, o al loco e impulsivo corazón?
Si la vida es tan sencilla ¿por qué nos la complicamos tanto?
Sabes que estás jugando con fuego, te estás metiendo en camisa de once varas, le estas buscando tres pies al gato; sabes que eso no te agrada, no estás conforme, te sientes lleno de dudas; sabes que tú camino no está ahí, no eres feliz, pero aún así, con alma de mártir decides sacrificarte un poquito, simplemente porque es lo correcto... Contéstame: ¿Para quién?
Mientras observo, analizo y me confundo más sobre mis propias convicciones. No soy una experta, no lo sé todo sobre la vida. Sigo aprendiendo y sobre mis propios pasos trato de no equivocar mi camino.
En realidad yo ya no sé qué esperar, aunque no es mala idea lo de no esperar nada.
****
Magu, espero que salgas del laberinto antes de que sea demasiado tarde.
Por mientras
Amaneció y el día pintaba para ser un lunes desaborido, la escena onírica de la noche anterior me dejó una estela de curiosidad e inquietud y me despertó el estómago sin sacudirme el sueño.
Tantas delicias allí presentes me hicieron girar la cabeza y dar una fuerte mordida, pero el insípido sabor de la almohada espabiló los restos de cansancio no muy justo a tiempo; así que fue necesario saltar de entre las sábanas directo a los pantalones.
Una peinada a los dientes. Un poco de pasta en el cabello. Y caí en cuenta que en algún momento tenía que abrir los ojos o terminaría usando los zapatos como aretes.
El tiempo se encogía. Hubo que elegir entre maquillaje o desayuno...
Es más fácil pedir un café para llevar.
La tarde se fue entre planes, ideas, idas y regresos que -como desde hace varios meses- giran en torno a una fecha especial.
Me perdí el atardecer en un pestañeo y amanecí viéndole la cara a la luna. Seguía tan inmersa en mis pendientes que no supe del colapso. De repente todo cambió y por el momento, el acontecimiento parece estar suspendido en el aire.
Aún todo está confuso, no entiendo qué pasó, todavía no quiero creer que todo el proceso de cortar, pegar, medir, decorar y la revolcada en brillantina no servirá de nada. Quiero creer que es sólo un lapso. Que es culpa de la tensión, de las prisas. Del maldito estrés. Tengo la esperanza de que tendrá solución.
Por mientras habrá que poner un velo sobre los muebles, guardar el material y reempaquetar las cajas para protegerlos del polvo. Habrá que esperar que baje la temperatura, enfriar el ánimo y abrir los sentidos. Es necesario aclarar el pensamiento.
Por mientras, hay que cerrar la casa, no el corazón.
Tantas delicias allí presentes me hicieron girar la cabeza y dar una fuerte mordida, pero el insípido sabor de la almohada espabiló los restos de cansancio no muy justo a tiempo; así que fue necesario saltar de entre las sábanas directo a los pantalones.
Una peinada a los dientes. Un poco de pasta en el cabello. Y caí en cuenta que en algún momento tenía que abrir los ojos o terminaría usando los zapatos como aretes.
El tiempo se encogía. Hubo que elegir entre maquillaje o desayuno...
Es más fácil pedir un café para llevar.
La tarde se fue entre planes, ideas, idas y regresos que -como desde hace varios meses- giran en torno a una fecha especial.
Me perdí el atardecer en un pestañeo y amanecí viéndole la cara a la luna. Seguía tan inmersa en mis pendientes que no supe del colapso. De repente todo cambió y por el momento, el acontecimiento parece estar suspendido en el aire.
Aún todo está confuso, no entiendo qué pasó, todavía no quiero creer que todo el proceso de cortar, pegar, medir, decorar y la revolcada en brillantina no servirá de nada. Quiero creer que es sólo un lapso. Que es culpa de la tensión, de las prisas. Del maldito estrés. Tengo la esperanza de que tendrá solución.
Por mientras habrá que poner un velo sobre los muebles, guardar el material y reempaquetar las cajas para protegerlos del polvo. Habrá que esperar que baje la temperatura, enfriar el ánimo y abrir los sentidos. Es necesario aclarar el pensamiento.
Por mientras, hay que cerrar la casa, no el corazón.
¿Qué es?
Hay algo atravesado en mi pecho
que se mantiene colgado de un músculo del cuello,
patalea dentro de los jugos estomacales
y palpita en la cicatriz apendicular.
Cuando trato de sacarlo
me raspa la garganta,
altera la temperatura de todo el cuerpo,
excepto manos y pies
que se mantienen fríos;
provoca náuseas,
explota en mi cabeza
y termina desgarrando mis ojos.
Como en feria
Parecía que iba a ser como cualquier otro viaje de cinco días, una semana con un vaivén similar al de un sube y baja. Una rutina bastante bien conocida, una que otra novedad que no pasaría la sorpresa inicial. Y así inició.
Un lunes caluroso con pinta de aburrido. Monótono. El trayecto sin más que lo habitual. Un carrusel con un solo pasajero al que pronto se incorporó la buena compañía de un entrañable amigo con quien siempre se disfruta una plática y una linda película.
Entrando a un martes dizque de mala suerte, algo que nunca he creído. De todas formas no me gustan los martes y eso que -según los calendarios- nací en uno de éstos. Como al principio era similar a una vuelta en la rueda de la fortuna, decidí jugar con eso y combatir la rutina con mensajes y planes adelantados de fin de semana. Tomé el camino a casa a bordo de mis tenis y vi pasar varios tranzabus que me hubieran llevado más rápido pero, ¿cuál es la prisa? No hay nada pendiente.
Hice una escala muy cerca de casa, sólo para visitar y ponerme al tanto de sucesos recientes. A lo que se sumó una llamada ofreciendo transporte a cambio de atención técnica. Demasiado tarde. Ya estaba casi a la vuelta de la esquina, pero ante la afirmación de que no había ningún apuro me tomé mi tiempo. Para mi sorpresa, otra llamada, sólo que esta vez insistía por mi presencia, cuando prácticamente estaba ya con un pie en la entrada.
En ese momento salté abruptamente de la rueda de la fortuna a las tazas locas para oír los gritos de la desesperación y terminar sobre el toro mecánico, tratando de domar la situación, que al final de cuentas, terminó lanzándome a la lona.
Amanecí el miércoles con el cuerpo adolorido, sin ganas de más atracciones, pero sabía que el paseo aún no terminaba. Imaginé que esta vez sería un recorrido tranquilo. La visita que ameritaba una reunión me levantó el ánimo sin saber que me encaminaba a la temida pero excitante montaña rusa.
Sin darme cuenta me subí y el recorrido empezaba a tomar velocidad. La cuesta arriba se estaba haciendo pesada. Las trabas comunes a mis planes parecían estar ganando terreno. Luego, la caída en picada. Llegó tan fugaz como inesperada. Un acercamiento indiferente que con un ágil arrebatón se llevó mis planes, junto con mi celular que aunque viejo y defectuoso, todavía me permitía una que otra llamada entrecortada o mensajes con retraso de entrega.Sin embargo, al igual que en los giros de la montaña, algo pasó en ese momento. Algó contrario a lo que supusé que sentiría si alguna vez fuese víctima de la delincuencia. Tal vez tuvo mucho que ver la frustración del día pero, lo cierto es que a pesar del miedo, me sentí extrañamente liberada.
Lo mejor de todo es que no sólo se llevó un celular en mal estado; se llevó toda la mala vibra con la que amanecí, mi enojo, mi desánimo, mi mal plan y la tensión en mi espalda. De manera curiosa siento que, más allá de provocarme un susto, me quitó un gran peso de encima. Incluso ahora que lo pienso, lo siento por él, porque con tremenda carga, no imagino dónde ni cómo podría terminar.
Ahí acabó el paseo de ese día. No más reuniones. No más llamadas ni mensajes. El descenso llegó. Mis manos frías y temblorosas cubrieron mis ojos cuando expulsaron los restos de adrenalina. Todo acabó en nada.
Para el jueves hubo más calma, a pesar de que quedaba algún remanente de energía. Fue una mezcla entre la escalada y el río salvaje. Que concluyó en la visita a la casa del tío chueco donde lanzé los dardos y por fin gané algo.
El viernes lo único que quería era salir del parque. Basta de atracciones. Sólo quería tirarme al césped o nadar con delfines. Pero el recorrido final me llevó del laberinto, donde me topé con figuras del pasado que dejaron bellos recuerdos y un buen sabor de boca por el fortuito reecuentro, a la casa de los espejos donde las imágenes apreciadas provocaron carcajadas que le dieron un delicioso masaje a mi alma y un buen descanso a mi cuerpo.
Pleamar nocturna
No te burles. Pretender que no se dará cuenta y tratarla como una tonta o ingenua no quiere decir que lo sea. Ella es capaz de ver lo que sucede. Sabe decidir qué cosas quiere creer, cuáles son importantes y hasta que punto está dispuesta a llegar.
Para ti pudiera resultar ridículo molestarse por una tontería, una bromita, una mentirita inocente; pero para ella no lo es. A ella lo que le duele es que le mientas y la engañes. Que intentes hacerle creer algo y que supongas que se tragará el cuento. Ella sabe observar, notar los cambios, recordar detalles y hacer comparaciones para darse cuenta que le tomaste el pelo.
Eso precisamente es lo que le molesta, creer en tus palabras sin dudar para solamente toparse con una farsa, saberse burlada, verse y sentirse ridiculizada.
Dices que sólo era un juego. No pensaste que terminaría así. Ninguno de los dos quiso que terminara de esa manera. Era sólo un juego coqueto. Tú sabes que ella no se niega a ese jugueteo. Y no lo hace porque tiene la confianza de que esa complicidad no será pisoteada. No se siente avergonzada porque supone que es un acuerdo implícito entre ambos, que existe seguridad, que están cómodos con lo que están haciendo. PORQUE CREE Y CONFÍA EN TI.
Ahora ponte un minuto en su lugar. Imagina qué sentirías tú en una situación similar. Si de repente, en el momento más íntimo del juego te das cuenta que fuiste engañado. Verás como tus ojos se abrirán del tamaño de la luna y tu boca se cerrará como tumba, apretando fuerte la mandibula hasta que duelan los dientes.
¿Puedes sentir el latir acelerado del corazón, la sangre caliente recorriendo todo cuerpo? ¿Sientes la vergüenza subiendo por las orejas como un montón de hormigas y el coraje anidado en el cuello, que termina sentado sobre los hombros con peso de plomo? ¿Sientes en la boca el sabor agrio de la burla, que deja el aliento como si acabaras de morder una cebolla? ¿Sientes la tristeza que inunda el pecho? ¿La decepción que cae en el estómago como un concentrado jugo de limón?
¿Lo sientes?
Ella también. Y fue real.
................................Pero sabe perdonar. Porque te quiere.
Poderoso caballero
Cuántos en tu nombre y bajo tu pretexto han perdido su rumbo, han volteado sus ojos sólo para verte a ti.
Mereces ser despreciado porque destruyes familias, separas a los amigos, envenenas las almas, siembras la semilla de la envidia y el egoísmo en los corazones. Provocas repulsión en el justo, deseo en el ambicioso, envidia en el pobre.
Aunque no eres la mejor causa por la cual vivir se necesita de ti para poder subsistir; precisamente esa necesidad es la que aprovechas para poner a girar a muchos a tu alrededor.
Avaricia es tu mejor seguidora. Aliada y eterna compañera. Juntos encuentran los placeres más mundanos y consiguen las posesiones más ridículas a pesar de que, en el fondo, nada realmente será suficiente.
Te conviertes en razón de vida y te adoptan como lo único necesario; mientras tú adornas y disfrazas las carencias con tu rostro frío y complaciente.
Asi eres, atractivo pero sin alma. Hueco, vacío.
Sólo me complace decir que tu grande y mayor defecto es que cuando llegas traes todo menos la felicidad y cuando te vas quitas todo, excepto la fe.
Despedida
(de días atrás)
Sé que pude quedarme más tiempo
Pero algo me dijo que era tarde
Y que aunque usara yo mi empeño
Al final ya era inevitable
Debo soltar todo lo que nos unió,
no quiero hacerte más daño,
nunca fue mi intención herirte.
Recuerdo cuando solía defenderte
no sé por qué pero siempre lo hacía;
y cuando quise evitar el sufrimiento,
ocasioné precisamente eso.
****************
Y duele porque fuiste todo lo que desee un día
Pero si no hay amor sé que el deseo ya no bastaría
Sufriendo por todo el recuerdo
Viviendo de remordimiento
No es que nunca te haya amado, al contrario,
te amé como jamás antes lo había hecho;
lo nuestro surgió sin que lo hubiéramos imaginado,
creció como crecimos tú y yo,
y nos regaló momentos que guardaré
para siempre en mi recuerdo.
****************
Me duele que te dejo con la pena y el dolor
Soñando que estés bien y que des de tu vida lo mejor
Como conmigo...
Me quedo con lo mejor,
me llevo lo más hermoso;
aunque al final no queda nada.
Tomar esa decisión no fue fácil
y decirlo tampoco.
****************
Sé que pude quedarme más tiempo
Pero algo me dijo que era tarde
Y que aunque usara yo mi empeño
Al final ya era inevitable
Debo soltar todo lo que nos unió,
no quiero hacerte más daño,
nunca fue mi intención herirte.
Recuerdo cuando solía defenderte
no sé por qué pero siempre lo hacía;
y cuando quise evitar el sufrimiento,
ocasioné precisamente eso.
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Y duele porque fuiste todo lo que desee un día
Pero si no hay amor sé que el deseo ya no bastaría
Sufriendo por todo el recuerdo
Viviendo de remordimiento
No es que nunca te haya amado, al contrario,
te amé como jamás antes lo había hecho;
lo nuestro surgió sin que lo hubiéramos imaginado,
creció como crecimos tú y yo,
y nos regaló momentos que guardaré
para siempre en mi recuerdo.
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Me duele que te dejo con la pena y el dolor
Soñando que estés bien y que des de tu vida lo mejor
Como conmigo...
Me quedo con lo mejor,
me llevo lo más hermoso;
aunque al final no queda nada.
Tomar esa decisión no fue fácil
y decirlo tampoco.
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