Que un perro me mordiera las manos se convirtió en un sueño muy recurrente. Siempre me dolía pero no gritaba aunque me quejaba con insistencia. Mis dedos sangraban y me veía tan desesperada hasta que llegaba el momento cuando ya no sentía más dolor. Otras tantas veces me enfrenté a fantasmas desconocidos. Sucesos extraños. Hablaba frases casi apocalípticas.
Creí que sólo eran alucinaciones sin sentido.
Entonces un día, entendí el significado de lo que veía. Abrí los ojos e intenté cerrar el corazón pero este necio desbaratado, se negaba a entender razones y seguía usando su pretexto favorito: el amor. Después pensé que quizás la venganza le daría tranquilidad, que si no podía exprimir de mi cuerpo hasta la última gota de dolor al menos podría hacerle sentir un poco de satisfacción.
Anhelaba ver el sufrimiento en otros ojos, tenía los medios adecuados, las armas infalibles, el deseo cegador. Se me ocurría provocar dolor, causar todo el daño posible, verte morir de tristeza; se me ocurría reírme en tu cara y disfrutar tu agonía. Se me antojaba no perdonarte jamás. En cada escenario que imaginaba se me ocurría que salía ganando. Creía que no tenía nada que perder, pues ya te había perdido.
Tenía esa idea loca dándome vueltas por la cabeza, noche y día. No lo puedo negar, nada de lo humano me es ajeno. Soñaba con venganzas pero despertaba con amarguras, me pesaban los hombros, me dolía el cuello y la espalda.
Viví y sentí cosas que jamás había experimentado.
Odié.
Tenía una batalla en mi interior. Un sí y un no disputándose mi cordura. Caminé con mis pies como piedras, hasta que enterré, borré, quemé, eliminé y me deshice de lo poco que tenía y lo mucho que cargaba. Traté de bloquear mis pensamientos con música y lectura, me perdí en viajes inesperados, medité. Lloré noches enteras. Hasta sentir que el odio se diluyó de mis ojos. Hasta sentir que el fuego de la venganza se extinguía.
Así entendí que nada resulta como uno lo imagina, que no hay venganza que cure heridas y que las heridas cierran, siempre que uno quiera. Que hay cosas que no comprendo pero ahora sé que suceden. Que amo sin condiciones. Que no soy mujer de maldiciones, ni rencores. Que deseo todo el bien para ti, pero sobre todo quiero lo mejor para mí.
Aún me quedan muchas preguntas, pero es mejor no insitir en buscar respuestas.
Descubrí que no soy débil. Comprendí que el perdón es la mejor respuesta. Y que todavía creo en el amor.
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De noche todo se fusiona
Los soldados están preparados para iniciar la operación de rescate de las princesas, hijas del millonario más famoso del mundo. Se adentran poco a poco en la espesura del bosque, recorriendo largas veredas con enormes árboles. Las lluvias recientes han dejado el terreno lodoso y resbaladizo, pero el pelotón está perfectamente entrenado para sortear todo tipo de dificultades.
Tras subir una pequeña colina, descubren la guarida donde se encuentran las princesas. Por fuera no es más que una hermosa casa de rejas blancas. Su lujosa fachada contrasta con la oscuridad de la zona donde se encuentra. Bajando la colina se aprecia una extensa playa, con arena brillante y el pacífico mar que se mueve suavemente al ritmo que la brisa le indica.
El regimiento rodea la residencia y se disponen a irrumpir para liberar a las hermosas mujeres, cuando de repente un grupo de piratas les sale al paso. El general se enfrenta al capitán. Los piratas defienden el tesoro del barco fantasma. Empieza la batalla. Espadas y lanzas contra granadas y metralletas.
Dentro del cuartel-mansión también se libra una batalla: las princesas luchan como todas unas guerreras contra los mafiosos que las mantienen prisioneras. Las armas se encuentran a su paso. Zapatillas, jarrones, platos, sillas, todo lo que puedan aventar y usar como obstáculo para impedir que se acerquen a ellas. Patadas, mordidas y rasguños también funcionan para defenderse…
Me veo, observándolos desde la ventana.
Santiago, Mateo y Miranda juegan de igual a igual. Sin importarles el lodo en sus ropas y los juguetes llenos de tierra. Mientras la guerra ocurre en su imaginación con el jardín como escenario, sus pequeñas voces dan las órdenes precisas y entonan los efectos especiales perfectos para dar vida a la misión. La utopía de la igualdad de géneros se materializa al verlos tan divertidos, sin preocupación alguna. Y me recuerdan que alguna vez jugué lo mismo.
- ¿Dónde están esos torbellinos?, pregunta una voz.
- No te preocupes, yo los cuido… como si fueran míos.
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Tras subir una pequeña colina, descubren la guarida donde se encuentran las princesas. Por fuera no es más que una hermosa casa de rejas blancas. Su lujosa fachada contrasta con la oscuridad de la zona donde se encuentra. Bajando la colina se aprecia una extensa playa, con arena brillante y el pacífico mar que se mueve suavemente al ritmo que la brisa le indica.
El regimiento rodea la residencia y se disponen a irrumpir para liberar a las hermosas mujeres, cuando de repente un grupo de piratas les sale al paso. El general se enfrenta al capitán. Los piratas defienden el tesoro del barco fantasma. Empieza la batalla. Espadas y lanzas contra granadas y metralletas.
Dentro del cuartel-mansión también se libra una batalla: las princesas luchan como todas unas guerreras contra los mafiosos que las mantienen prisioneras. Las armas se encuentran a su paso. Zapatillas, jarrones, platos, sillas, todo lo que puedan aventar y usar como obstáculo para impedir que se acerquen a ellas. Patadas, mordidas y rasguños también funcionan para defenderse…
Me veo, observándolos desde la ventana.
Santiago, Mateo y Miranda juegan de igual a igual. Sin importarles el lodo en sus ropas y los juguetes llenos de tierra. Mientras la guerra ocurre en su imaginación con el jardín como escenario, sus pequeñas voces dan las órdenes precisas y entonan los efectos especiales perfectos para dar vida a la misión. La utopía de la igualdad de géneros se materializa al verlos tan divertidos, sin preocupación alguna. Y me recuerdan que alguna vez jugué lo mismo.
- ¿Dónde están esos torbellinos?, pregunta una voz.
- No te preocupes, yo los cuido… como si fueran míos.
Un mismo tema. Dos noticias diferentes.
Cuatro elementos
Ahí estoy de nuevo en ese viejo camino que parece una visión de Burton. No hay luz, sólo una luna que no ilumina, pero logro ver un par de pies descalzos, firmes sobre la tierra que sienten fría y seca como escarcha. Ellos, seguros a su origen avanzan despacio, paso a paso sin mirar atrás. De repente escucho ruido. Algo se acerca haciéndose cada vez más intenso y sin la luz de la luna únicamente se percibe una sombra enorme.
En cuanto lo descubro me impresiona su tamaño y la velocidad con que se acerca. Es una marejada de agua dulce que viene arrancando y levantando las raíces de todo lo que encuentra a su paso, pero lo hace con tal suavidad que me dejo llevar entre sus ríos de espuma que parecen brazos de agua tibia que humedecen el cuerpo.
La gran ola lleva dentro de sí una luz cálida que alumbra todo el bosque y apaga el frío. Una luz que alcanza hasta las nubes dejando al descubierto un cielo algodonado. El cuerpo se incorpora lentamente hasta que logro equilibrarme sobre el oleaje que mantiene su movimiento constante.
Era una sensación tan maravillosa que sentí que volaba, por eso no noté cuando mis pies se elevaron, miré mis brazos y los levanté hacia las alturas intentando tomar el aire entre mis manos. Los extendí como si fuesen alas y jugué a que surcaba el cielo como las aves, planeando entre nubes.
Sin saber cómo, me aleje de la seguridad acuática y de pronto una ráfaga me golpeó, enredando mis brazos, inmovilizando todo el cuerpo. Caía en picada sin poder sostenerme de nada, girando envuelta en una bola de fuego, que no dañaba el exterior pero ardía en mi interior. Golpeé sin más contra el piso, al tiempo que saltaba de la cama.
Poco a poco el pulso se estabiliza y escucho ruidos que salen del colchón.
No hay luz. Ahí estoy.
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Corto relato nocturno
Anoche no dormí sola. En mi cama estabas tú. Y ellos. Y todos los demás.
Todavía no entiendo como pudimos acomodarnos en tan poco espacio. La música no dejaba de sonar, era algo estruendosa pero rítmica y aunque era buen momento para dormir, algunos preferían bailar.
También había comida. Mucha comida que nadie quiso probar. Se veía sabrosa -ya sabes lo antojadiza que soy- pero cuando traté de comer algo sentí nauseas, por eso me retiré de ese lugar y volví a tu lado, al pequeño espacio que quedaba para mí.
Estabas inquieto. No sabías si dormir, platicar o bailar. Tal vez por eso decidiste enrollarte entre mis brazos y dejarme adormecerte.
Mientras todos esos extraños conocidos pasaban una buena velada, en nuestro espacio no cabía nadie más. Hablamos al ritmo de la música y nuestros cuerpos llevaban el compás de una balsa sobre el mar.
No sé cuánto tiempo pasamos así, no sé si la noche fue muy corta o tal vez debí acostarme más temprano, pero espero que el momento se repita, esta vez sin tanta gente y que sea un poco más real.
Todavía no entiendo como pudimos acomodarnos en tan poco espacio. La música no dejaba de sonar, era algo estruendosa pero rítmica y aunque era buen momento para dormir, algunos preferían bailar.
También había comida. Mucha comida que nadie quiso probar. Se veía sabrosa -ya sabes lo antojadiza que soy- pero cuando traté de comer algo sentí nauseas, por eso me retiré de ese lugar y volví a tu lado, al pequeño espacio que quedaba para mí.
Estabas inquieto. No sabías si dormir, platicar o bailar. Tal vez por eso decidiste enrollarte entre mis brazos y dejarme adormecerte.
Mientras todos esos extraños conocidos pasaban una buena velada, en nuestro espacio no cabía nadie más. Hablamos al ritmo de la música y nuestros cuerpos llevaban el compás de una balsa sobre el mar.
No sé cuánto tiempo pasamos así, no sé si la noche fue muy corta o tal vez debí acostarme más temprano, pero espero que el momento se repita, esta vez sin tanta gente y que sea un poco más real.
Noche de tormenta
La lluvia no cesa, ahí siguen las enormes nubes sin poder contener las gotas que llenan y empapan los caminos. Líneas de luz surcan el cielo, dejando una estela que culmina en estruendosos sonidos que aturden los sentidos.
Los autos avanzan lentamente, la gente huye desesperada, buscando un refugio para resguardarse de la furia del cielo. De pronto las luces de la ciudad colapsan ante el fuerte latigazo de un relámpago. El diluvio lleva más de una hora.
Mientras observo el frenesí pegada al cristal de la ventana, de nuevo los planes han cambiado y ahora se escurren como el agua que se cuela en los autos y en las casas.
Afuera la lluvia provoca un caos. En mi interior la tormenta es peor.
Me llevo a la cama los nervios crispados, el alma revuelta y las dudas revoloteando.
Todo se une y me paraliza bajo las sábanas. No sé cómo empezó pero de repente siento la boca reseca, los músculos entumidos y empiezo a percibir imágenes.
La gente alrededor sigue con sus actividades tan cotidianamente como si nada hubiera pasado y cuando trato de hablar no escucho mi voz, sólo siento que hay algo dentro que me impide pronunciar palabra.
Llevo mi mano a la boca, poco a poco empiezo a hurgar y encuentro hojas de navajas, vidrios rotos y clavos que estaban allí dentro, entre los dientes, enterrados en la lengua o debajo de ésta. Los retiro poco a poco con mucho cuidado para no lastimarme, sé bien dónde está cada uno, como si los hubiera escondido yo misma, así que mantengo la boca abierta y sin moverme. Me siento nerviosa pero no tengo miedo.
Frente a mí una mujer me observa, está parada a mitad de la calle, dentro de un enorme y agitado charco de agua lodosa que le llega hasta los muslos, su rostro está horrorizado pero sin dudar me ofrece una servilleta para recolectar todas las piezas que siguen saliendo. Al final no hay ni una gota de sangre, no queda nada más dentro de mi boca, solo una sensación amarga y reseca.
Se calman las aguas, el lodo se va. Y así como llegó, la mujer desaparece sin darme cuenta.
Despierto... no siento ningún pesar.
Los autos avanzan lentamente, la gente huye desesperada, buscando un refugio para resguardarse de la furia del cielo. De pronto las luces de la ciudad colapsan ante el fuerte latigazo de un relámpago. El diluvio lleva más de una hora.
Mientras observo el frenesí pegada al cristal de la ventana, de nuevo los planes han cambiado y ahora se escurren como el agua que se cuela en los autos y en las casas.
Afuera la lluvia provoca un caos. En mi interior la tormenta es peor.
Me llevo a la cama los nervios crispados, el alma revuelta y las dudas revoloteando.
Todo se une y me paraliza bajo las sábanas. No sé cómo empezó pero de repente siento la boca reseca, los músculos entumidos y empiezo a percibir imágenes.
La gente alrededor sigue con sus actividades tan cotidianamente como si nada hubiera pasado y cuando trato de hablar no escucho mi voz, sólo siento que hay algo dentro que me impide pronunciar palabra.
Llevo mi mano a la boca, poco a poco empiezo a hurgar y encuentro hojas de navajas, vidrios rotos y clavos que estaban allí dentro, entre los dientes, enterrados en la lengua o debajo de ésta. Los retiro poco a poco con mucho cuidado para no lastimarme, sé bien dónde está cada uno, como si los hubiera escondido yo misma, así que mantengo la boca abierta y sin moverme. Me siento nerviosa pero no tengo miedo.
Frente a mí una mujer me observa, está parada a mitad de la calle, dentro de un enorme y agitado charco de agua lodosa que le llega hasta los muslos, su rostro está horrorizado pero sin dudar me ofrece una servilleta para recolectar todas las piezas que siguen saliendo. Al final no hay ni una gota de sangre, no queda nada más dentro de mi boca, solo una sensación amarga y reseca.
Se calman las aguas, el lodo se va. Y así como llegó, la mujer desaparece sin darme cuenta.
Despierto... no siento ningún pesar.
Soñé otro mundo
3ª Parte
…Lo primero que hago es poner a salvo mi vestido. No quiero arruinarlo después de todo lo que me ha costado conseguirlo. Es el vestido perfecto, mi color favorito, no permitiré que nada lo dañe, aunque sea una araña gigante.
Me quito el zapato izquierdo, trepo sobre la cama y me recuesto encima de toda la ropa sin hacer movimientos muy bruscos, levantando mis piernas y evitando que cualquier cosa caiga al suelo, tanto para que la araña no suba a la cama como para no asustarla y se vaya corriendo. Me da pánico verlas cuando huyen.
El arácnido está lo bastante cerca. Siento que me mira y empiezo a temblar, pero ya decidí no tenerle miedo así que sostengo firmemente la zapatilla y con la punta del tacón clavo un certero golpe en la cabeza del insecto. Entonces, casi al instante, veo como de manera muy graciosa las ocho extremidades se desprenden de su cuerpo y el bicho queda inmovilizado en el piso.
Me siento aliviada porque ya no podrá moverse pero sobre todo porque a pesar de sentir miedo, me atreví y la enfrenté. Ahora con toda mi típica calma, me pruebo el vestido, pero esta vez no hay espejos, no obstante sé que el atuendo me ajusta bien. No hay necesidad de verlo, puedo sentirlo.
Salgo del local y empiezo a caminar. Se hace tarde o se hace temprano, no tengo idea de la hora.
Avanzo algunas cuadras. Las calles están completamente vacías y tan desoladas que lo único que se escucha es el golpe de los tacones contra el concreto.
Unas calles más adelante empiezo a oír una tonada agradable. Un ritmo bastante sabroso al que mis hombros no pueden resistirse y mis manos comienzan a acompañar el movimiento. Luces y destellos se aprecian a la vuelta de la esquina. Siento un deseo incontrolable de bailar.
No sé cómo pero en un instante me encuentro dentro de un salón. De nuevo un lugar conocido. Sé que ya estuve ahí. Grandes paredes de cristal, un pasillo con paredes de espejos, una alfombra impecable, muy fina. Afuera se aprecia un destello azul. Acercó mi rostro al cristal para evitar el reflejo y así poder ver el exterior. El resplandor proviene de la piscina pero ahora está vacía y tan sólo se aprecian las baldosas celestes que recubren el fondo de la pileta. Mientras adentro hay mesas, flores, mucha gente y mucho ruido.
Sorprendida de reconocer el lugar, atravieso la pista para dirigirme a una mesa desocupada. Camino despacio pues aprovecho los ritmos para moverme un poco. Uno, dos giros. Disfruto la música, sonrío y llego al otro extremo.
Tan pronto me siento, se acercan otras personas que no reconozco pero que me da gusto saber que están ahí.
-Casi te lo pierdes. Me dice una delicada voz masculina.
-¿Qué te pasó? Creímos que no llegarías a tiempo. Menciona una chica joven de voz amable.
Sin responder a nadie -pues estoy segura que no entenderían-, simplemente me encojo de hombros, ladeo mi cabeza y me limito a sonreírles y a compartir con ellos el momento. Mis dedos bailotean en la mesa. Mis pies ocultos bajo la mesa marcan uno a uno los pasos. ¿En dónde estará?, pienso, entonces giro mi torso y veo tu silueta acercarse. No te reconozco, luces distinto pero distingo tu mirada y tu sonrisa. Te sonrío.
Das unos pasos más al ritmo de la música. Te ves gracioso. Te detienes al pie de la silla y extiendes tu mano esperando la mía.
-¿Quieres bailar?
Suspiro antes de responder...
Despierto.
…Lo primero que hago es poner a salvo mi vestido. No quiero arruinarlo después de todo lo que me ha costado conseguirlo. Es el vestido perfecto, mi color favorito, no permitiré que nada lo dañe, aunque sea una araña gigante.
Me quito el zapato izquierdo, trepo sobre la cama y me recuesto encima de toda la ropa sin hacer movimientos muy bruscos, levantando mis piernas y evitando que cualquier cosa caiga al suelo, tanto para que la araña no suba a la cama como para no asustarla y se vaya corriendo. Me da pánico verlas cuando huyen.
El arácnido está lo bastante cerca. Siento que me mira y empiezo a temblar, pero ya decidí no tenerle miedo así que sostengo firmemente la zapatilla y con la punta del tacón clavo un certero golpe en la cabeza del insecto. Entonces, casi al instante, veo como de manera muy graciosa las ocho extremidades se desprenden de su cuerpo y el bicho queda inmovilizado en el piso.
Me siento aliviada porque ya no podrá moverse pero sobre todo porque a pesar de sentir miedo, me atreví y la enfrenté. Ahora con toda mi típica calma, me pruebo el vestido, pero esta vez no hay espejos, no obstante sé que el atuendo me ajusta bien. No hay necesidad de verlo, puedo sentirlo.
Salgo del local y empiezo a caminar. Se hace tarde o se hace temprano, no tengo idea de la hora.
Avanzo algunas cuadras. Las calles están completamente vacías y tan desoladas que lo único que se escucha es el golpe de los tacones contra el concreto.
Unas calles más adelante empiezo a oír una tonada agradable. Un ritmo bastante sabroso al que mis hombros no pueden resistirse y mis manos comienzan a acompañar el movimiento. Luces y destellos se aprecian a la vuelta de la esquina. Siento un deseo incontrolable de bailar.
No sé cómo pero en un instante me encuentro dentro de un salón. De nuevo un lugar conocido. Sé que ya estuve ahí. Grandes paredes de cristal, un pasillo con paredes de espejos, una alfombra impecable, muy fina. Afuera se aprecia un destello azul. Acercó mi rostro al cristal para evitar el reflejo y así poder ver el exterior. El resplandor proviene de la piscina pero ahora está vacía y tan sólo se aprecian las baldosas celestes que recubren el fondo de la pileta. Mientras adentro hay mesas, flores, mucha gente y mucho ruido.
Sorprendida de reconocer el lugar, atravieso la pista para dirigirme a una mesa desocupada. Camino despacio pues aprovecho los ritmos para moverme un poco. Uno, dos giros. Disfruto la música, sonrío y llego al otro extremo.
Tan pronto me siento, se acercan otras personas que no reconozco pero que me da gusto saber que están ahí.
-Casi te lo pierdes. Me dice una delicada voz masculina.
-¿Qué te pasó? Creímos que no llegarías a tiempo. Menciona una chica joven de voz amable.
Sin responder a nadie -pues estoy segura que no entenderían-, simplemente me encojo de hombros, ladeo mi cabeza y me limito a sonreírles y a compartir con ellos el momento. Mis dedos bailotean en la mesa. Mis pies ocultos bajo la mesa marcan uno a uno los pasos. ¿En dónde estará?, pienso, entonces giro mi torso y veo tu silueta acercarse. No te reconozco, luces distinto pero distingo tu mirada y tu sonrisa. Te sonrío.
Das unos pasos más al ritmo de la música. Te ves gracioso. Te detienes al pie de la silla y extiendes tu mano esperando la mía.
-¿Quieres bailar?
Suspiro antes de responder...
Despierto.
Soñé otro mundo
2ª Parte
…No veo nada más que mi pálida y famélica figura enfundada en los inseparables jeans. No hay tal vestido. Siento su peso en mis manos, acaricio el fino bordado, la suavidad de la tela. Pero no se refleja nada. Sólo yo.
Me invade una mezcla de alivio y tristeza.
Cuelgo el vestido en el rack y localizo al modisto para explicarle lo que busco. Lo veo entrar por una puerta detrás de un espejo. Espero. Ahora empiezo a sentirme desesperada porque mi viejo conocido no aparece y sigo sin poder recordar su nombre. Me apena no poder llamarlo así que decido ir a buscarlo detrás de ese espejo-puerta.
Cruzo el umbral de cristal y me encuentro en un patio al aire libre. Es una especie de terraza que justo en medio tiene una gran piscina cuadrada iluminada con faroles azules que contrastan en la serena obscuridad de la noche. No hay nubes, todo está pintado en tono índigo y el agua de la piscina se ve tan limpia y fresca que no resisto las ganas de tocarla, además para cruzar esa terraza no hay otro camino que a través de la alberca así que de cualquier manera tengo que meterme.
Poco a poco me voy sumergiendo, me causa algo de extrañeza tener que atravesar por ahí pero no siento temor o desconfianza, más bien me agrada la sensación, disfruto estar ahí dentro y sentir el agua fría refrescándome. Empiezo a nadar hacia el otro extremo y antes de llegar decido dar una vuelta más.
Cuando termino el recorrido dentro del agua, salgo de la piscina y veo a muchos conocidos conviviendo, platicando, otros más arrojándose a la alberca. Ahí es donde apareces, a lo lejos, sentado sobre un camastro, con tu cuerpo hacia adelante, apoyando tu codo sobre tu rodilla derecha y tu mano sosteniendo tu cabeza. Estabas viéndome nadar. Estás callado pero no serio, tu rostro tiene una leve sonrisa. Quisiera saber qué piensas.
Me acerco a ti sonriendo y tú no dices nada, solo te levantas para acompañarme y caminamos hacia las jardineras que están al borde de la terraza; cerca de ahí hay una puerta, la abres y me dejas pasar primero.
-Aquí es donde tienes que buscar. Pero apúrate que ya te queda poco tiempo- me dices antes de que cruce por la puerta y colocas la palma de tu mano en mi espalda, como para adelantarme en el camino.
Ahora estoy en una habitación más pequeña, modesta, sencilla pero sin perder la belleza del salón anterior, todo está tan ordenado que es muy fácil encontrar cualquier cosa. La iluminación es tan precisa, todo tiene un halo azul tenue, tan suave, tan pacífico. Tú ya no estás y de nuevo veo más vestidos, telas y bordados.
Justo en medio de la estancia hay una mesa con telas de diversos colores y encima de todos esos lienzos veo el tono que necesito. Lo tomo con la efusividad de quien encuentra la pieza adecuada de un rompecabezas y recorro el lugar buscando a alguien que pueda atenderme.
De repente aparece una joven muy amable –sé que es joven y amable por el trato y el modo en que se dirige hacia mí, sin embargo en ningún momento logro ver su rostro, solamente escucho su voz.
-Es un color hermoso y te sienta muy bien.
-Es mi favorito. Respondo.
-Mira, tengo éste, creo que es de tu talla, nos acaba de llegar. Dice al tiempo que me muestra el modelo.
Es exactamente igual al de la foto que tengo en mi cajón.
Sin pensarlo dos veces le pregunto dónde me lo puedo probar y ella me lleva al vestidor que está detrás de una cortina de tela translúcida. Por fuera parece un pequeño cubículo, pero adentro es bastante amplio. Tiene una cama vestida con edredones blancos y mucha ropa revuelta sobre ésta.
Coloco el vestido con cuidado de no arrugarlo y estoy a punto de empezar a desvestirme cuando observo que por debajo de la cortina hay una enorme araña con largas patas, tiene un aspecto de tarántula. Sin acercarme demasiado la observo bien y deduzco que no lo es, pero aun así es muy grande.
Lentamente entra en la habitación, creo que sabe que estoy ahí. La veo frente a mí y por un instante me paralizo. Estoy entrando en pánico. Me siento sofocada, pero creo que es momento de enfrentarme a ella. Tan sólo es una araña. Una enorme y horrible araña…
…No veo nada más que mi pálida y famélica figura enfundada en los inseparables jeans. No hay tal vestido. Siento su peso en mis manos, acaricio el fino bordado, la suavidad de la tela. Pero no se refleja nada. Sólo yo.
Me invade una mezcla de alivio y tristeza.
Cuelgo el vestido en el rack y localizo al modisto para explicarle lo que busco. Lo veo entrar por una puerta detrás de un espejo. Espero. Ahora empiezo a sentirme desesperada porque mi viejo conocido no aparece y sigo sin poder recordar su nombre. Me apena no poder llamarlo así que decido ir a buscarlo detrás de ese espejo-puerta.
Cruzo el umbral de cristal y me encuentro en un patio al aire libre. Es una especie de terraza que justo en medio tiene una gran piscina cuadrada iluminada con faroles azules que contrastan en la serena obscuridad de la noche. No hay nubes, todo está pintado en tono índigo y el agua de la piscina se ve tan limpia y fresca que no resisto las ganas de tocarla, además para cruzar esa terraza no hay otro camino que a través de la alberca así que de cualquier manera tengo que meterme.
Poco a poco me voy sumergiendo, me causa algo de extrañeza tener que atravesar por ahí pero no siento temor o desconfianza, más bien me agrada la sensación, disfruto estar ahí dentro y sentir el agua fría refrescándome. Empiezo a nadar hacia el otro extremo y antes de llegar decido dar una vuelta más.
Cuando termino el recorrido dentro del agua, salgo de la piscina y veo a muchos conocidos conviviendo, platicando, otros más arrojándose a la alberca. Ahí es donde apareces, a lo lejos, sentado sobre un camastro, con tu cuerpo hacia adelante, apoyando tu codo sobre tu rodilla derecha y tu mano sosteniendo tu cabeza. Estabas viéndome nadar. Estás callado pero no serio, tu rostro tiene una leve sonrisa. Quisiera saber qué piensas.
Me acerco a ti sonriendo y tú no dices nada, solo te levantas para acompañarme y caminamos hacia las jardineras que están al borde de la terraza; cerca de ahí hay una puerta, la abres y me dejas pasar primero.
-Aquí es donde tienes que buscar. Pero apúrate que ya te queda poco tiempo- me dices antes de que cruce por la puerta y colocas la palma de tu mano en mi espalda, como para adelantarme en el camino.
Ahora estoy en una habitación más pequeña, modesta, sencilla pero sin perder la belleza del salón anterior, todo está tan ordenado que es muy fácil encontrar cualquier cosa. La iluminación es tan precisa, todo tiene un halo azul tenue, tan suave, tan pacífico. Tú ya no estás y de nuevo veo más vestidos, telas y bordados.
Justo en medio de la estancia hay una mesa con telas de diversos colores y encima de todos esos lienzos veo el tono que necesito. Lo tomo con la efusividad de quien encuentra la pieza adecuada de un rompecabezas y recorro el lugar buscando a alguien que pueda atenderme.
De repente aparece una joven muy amable –sé que es joven y amable por el trato y el modo en que se dirige hacia mí, sin embargo en ningún momento logro ver su rostro, solamente escucho su voz.
-Es un color hermoso y te sienta muy bien.
-Es mi favorito. Respondo.
-Mira, tengo éste, creo que es de tu talla, nos acaba de llegar. Dice al tiempo que me muestra el modelo.
Es exactamente igual al de la foto que tengo en mi cajón.
Sin pensarlo dos veces le pregunto dónde me lo puedo probar y ella me lleva al vestidor que está detrás de una cortina de tela translúcida. Por fuera parece un pequeño cubículo, pero adentro es bastante amplio. Tiene una cama vestida con edredones blancos y mucha ropa revuelta sobre ésta.
Coloco el vestido con cuidado de no arrugarlo y estoy a punto de empezar a desvestirme cuando observo que por debajo de la cortina hay una enorme araña con largas patas, tiene un aspecto de tarántula. Sin acercarme demasiado la observo bien y deduzco que no lo es, pero aun así es muy grande.
Lentamente entra en la habitación, creo que sabe que estoy ahí. La veo frente a mí y por un instante me paralizo. Estoy entrando en pánico. Me siento sofocada, pero creo que es momento de enfrentarme a ella. Tan sólo es una araña. Una enorme y horrible araña…
Soñé otro mundo
1a. Parte
Caminando a pasos apresurados, las piernas no alcanzan a terminar una zancada y ya viene la otra. Pasos apretados, casi de puntillas evitando hacer ruido con los tacones. Es tarde y pueden despertarse.
El cielo está despejado, hay pocas nubes y aunque ya está muy entrada la noche, la única estrella visible ilumina largos senderos con una luz tan intensa que se asemeja a un reflector que me sigue durante todo el trayecto.
Por momentos me siento en otro lugar. No parece ser la misma cálida tierra porque esta vez se percibe una brisa similar a la que queda después de la lluvia. La atmósfera es tan pasiva como un centro comercial de madrugada.
Las calles habituales ahora tienen una dirección diferente, lugares normalmente conocidos están distintos, otros colores, otras dimensiones, pero sé que son los mismos y aún así pongo atención para ir reconociéndolos poco a poco.
Justo en el momento que noto dónde estoy, me pregunto, apoyándome sobre una pared, con una mano en el pecho y con los ojos cerrados como si sintiera un tremendo alivio -¿por qué en los sueños nunca nada se ve tal como es?-, y sin conseguir respuesta alzo la cabeza, dirigiendo mi vista al frente y ahí encuentro el sitio que tanto anduve buscando.
Allí dentro hay un pasillo con paredes de espejos que me hace recordar a las atracciones de las ferias pero la alfombra se ve impecable, de poco uso y muy fina, diría que es nueva. Mientras avanzo, me proyecto e imagino que estoy en una pasarela pero con maniquíes en lugar de público. Así me siento más segura.
Lo único presente son esas enormes prendas que no permiten ver mi reflejo y eso me preocupa.
No hay más color que el blanco con destellos plateados. Hasta que al fondo se divisa una gran puerta. Cristal y más tonos metálicos. Esto es puro lujo y modernidad.
No es para mí –pienso, cuando escucho mi nombre y veo una delicada silueta masculina. De nuevo esa sensación de lo extrañamente familiar. Sé quién eres, ubico el lugar donde nos conocimos pero tu nombre se ha borrado de mi registro; sin embargo me llena una emoción de las que se sienten cuando se vuelve a ver a los ex compañeros de generación. Aunque lo curioso es que seas tú. Nunca en realidad fuimos “íntimos amigos”.
Como todo un profesional me muestras con destreza los atuendos que exhibes sobre las macilentas figuras. Llenas la habitación con vestuarios increíblemente bellos, de esos que son dignos de una historia rosa, llena de miel; una comedia romántica al puro estilo Hollywood.
Me fascinan, me iluminan la sonrisa y sacian mis ojos con tanta exquisitez. Se ven tan puros, tan… románticos.
El modisto feliz insiste en que entre al vestidor con tres o cuatro atuendos y jura que para uno de esos seré la elegida, -porque es el vestido quien elige a la dueña y no al revés- dice muy convencido.
–Ponte éste. Me dice, sosteniendo un modelo que parece haber sido creado por madrinas voladoras para las princesas inmaculadas de los cuentos de hadas.
No me atrevo ni siquiera a tomarlo entre mis manos. De nuevo pienso, “no es para mí”, además no es lo que busco, no es lo que necesito para esta ocasión. Quizás después vuelva, quizás más tarde lo busque con ansias. Pero ahora, por ahora, no.
–No tengas miedo, cuando te veas al espejo te va a encantar.
El espejo, el prolongado espejo donde no he visto mi reflejo desde que entré por ese pasillo. Hay tantas telas, bordados y crinolinas que me sobrepasan, me abruman. –No es lo mío… y ya tengo en lo alto la percha para apreciar el modelo en su totalidad.
Giro lentamente mientras lo sobrepongo a la altura de mi cuerpo. Me detengo frente al espejo, alzo mi vista, busco mi imagen. Me veo.
Caminando a pasos apresurados, las piernas no alcanzan a terminar una zancada y ya viene la otra. Pasos apretados, casi de puntillas evitando hacer ruido con los tacones. Es tarde y pueden despertarse.
El cielo está despejado, hay pocas nubes y aunque ya está muy entrada la noche, la única estrella visible ilumina largos senderos con una luz tan intensa que se asemeja a un reflector que me sigue durante todo el trayecto.
Por momentos me siento en otro lugar. No parece ser la misma cálida tierra porque esta vez se percibe una brisa similar a la que queda después de la lluvia. La atmósfera es tan pasiva como un centro comercial de madrugada.
Las calles habituales ahora tienen una dirección diferente, lugares normalmente conocidos están distintos, otros colores, otras dimensiones, pero sé que son los mismos y aún así pongo atención para ir reconociéndolos poco a poco.
Justo en el momento que noto dónde estoy, me pregunto, apoyándome sobre una pared, con una mano en el pecho y con los ojos cerrados como si sintiera un tremendo alivio -¿por qué en los sueños nunca nada se ve tal como es?-, y sin conseguir respuesta alzo la cabeza, dirigiendo mi vista al frente y ahí encuentro el sitio que tanto anduve buscando.
Allí dentro hay un pasillo con paredes de espejos que me hace recordar a las atracciones de las ferias pero la alfombra se ve impecable, de poco uso y muy fina, diría que es nueva. Mientras avanzo, me proyecto e imagino que estoy en una pasarela pero con maniquíes en lugar de público. Así me siento más segura.
Lo único presente son esas enormes prendas que no permiten ver mi reflejo y eso me preocupa.
No hay más color que el blanco con destellos plateados. Hasta que al fondo se divisa una gran puerta. Cristal y más tonos metálicos. Esto es puro lujo y modernidad.
No es para mí –pienso, cuando escucho mi nombre y veo una delicada silueta masculina. De nuevo esa sensación de lo extrañamente familiar. Sé quién eres, ubico el lugar donde nos conocimos pero tu nombre se ha borrado de mi registro; sin embargo me llena una emoción de las que se sienten cuando se vuelve a ver a los ex compañeros de generación. Aunque lo curioso es que seas tú. Nunca en realidad fuimos “íntimos amigos”.
Como todo un profesional me muestras con destreza los atuendos que exhibes sobre las macilentas figuras. Llenas la habitación con vestuarios increíblemente bellos, de esos que son dignos de una historia rosa, llena de miel; una comedia romántica al puro estilo Hollywood.
Me fascinan, me iluminan la sonrisa y sacian mis ojos con tanta exquisitez. Se ven tan puros, tan… románticos.
El modisto feliz insiste en que entre al vestidor con tres o cuatro atuendos y jura que para uno de esos seré la elegida, -porque es el vestido quien elige a la dueña y no al revés- dice muy convencido.
–Ponte éste. Me dice, sosteniendo un modelo que parece haber sido creado por madrinas voladoras para las princesas inmaculadas de los cuentos de hadas.
No me atrevo ni siquiera a tomarlo entre mis manos. De nuevo pienso, “no es para mí”, además no es lo que busco, no es lo que necesito para esta ocasión. Quizás después vuelva, quizás más tarde lo busque con ansias. Pero ahora, por ahora, no.
–No tengas miedo, cuando te veas al espejo te va a encantar.
El espejo, el prolongado espejo donde no he visto mi reflejo desde que entré por ese pasillo. Hay tantas telas, bordados y crinolinas que me sobrepasan, me abruman. –No es lo mío… y ya tengo en lo alto la percha para apreciar el modelo en su totalidad.
Giro lentamente mientras lo sobrepongo a la altura de mi cuerpo. Me detengo frente al espejo, alzo mi vista, busco mi imagen. Me veo.
Dos escenas
Hacía tanto que no se presentaba. Mucho tiempo sin ver la misma escena que, cuando suele ocurrir, me duele, me preocupa, me asusta.No veo a nadie, no distingo voces, solo sé que no estoy sola.
Avanzo lentamente en un sendero totalmente oscuro. Sin saber a donde. Sin poder ver siquiera mis propios pasos, mientras siento el aire frío golpeando mi rostro.
Súbitamente todo cambia, comienza a parecer real, empieza a definirse la zona. Una calle conocida, casas y gente cercana.
Reconozco algunas voces. ¡Sí!, ya sé quienes son. Por lo menos ahora ya puedo hablar con alguien, al fin podré decirles que este dolor me está inmovilizando, no sé si será por el frío pero es que no recuerdo alguna otra causa.
Poco a poco entiendo, esto lo he sentido antes, pero tengo tanto miedo, sé lo que sucederá. Ahora veo un rostro familiar, justo el que menos desearía ver en esta situación, pero es la única persona cerca.
Toco mi rostro con la expresión afligida, triste y adolorida porque no quiero sentir esto. ¡No más! ¡Ya noooo!
Mamá... me duele... ¡mira, tiene sangre!
Extiendo mi puño y veo la pequeña pieza en mi palma, completa, cubierta de sangre...
Con mi lengua recorro el espacio que dejó en mi boca, abro mis ojos y repito la revisión, como queriendo verificar si está ahí o no.
Ahora sólo es cuestión de tiempo.
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Noche. Abrigados. Dentro del auto. Sobre la carretera.
Paramos en una especie de mirador-acotamiento. El clima cambió, ahora hace calor, pides que bajen las ventanillas.
Mientras ustedes dos duermen, yo vigilo y trató de buscar donde está el fotográfo, pero sólo alcanzo a ver el barranco porque la espesa vegetación hace todo el panorama más oscuro.
Una curiosa ardilla aparece sobre el borde de la puerta y se introduce en el vehículo, caminando sobre tus hombros y los de ella; rodea el asiento, olfatea y busca siguiendo su instinto, corre de un lado hacia otro dando la impresión de que realiza un baile cómico. Me hace gracia su comportamiento hasta que cambia completamente, se vuelve una amenaza y ahora estoy batallando para sacarla.
Ya no es gracioso, ni divertido. Ahora está mordiendo mi mano, y a ustedes también los muerde, les grito y los muevo para que reaccionen y me ayuden con esta extraña batalla pero a pesar de eso, siguen durmiendo, plácida y tranquilamente como si no pudieran sentir ni oír nada.
Al fin logro tomarla por el lomo como suelen agarrarse a los gatos, y la arrojo por la ventana. La veo golpear duro contra el piso de tierra, entre piedras y maleza.
Por fin, parece que todo termina; y me tranquilizo sin darme cuenta que hay más. Ahora, entran, no sé cómo pero se multiplican, me muerden, los lastiman y nadie escucha mis gritos.
Es desesperante y ahora ni siquiera puedo moverme.
Falta el aire....
Me sobresalto ahogando el grito y recupero el aliento perdido.
Apenas pasó una hora.
No quiero dormir...
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