Un café y un adiós



Esta mañana inició de forma inusual y lo digo porque no todos los días desayuno escuchando una discusión y viendo a una pareja romper por una escena de celos.

Simplemente se detuvieron, justo ahí, en el portón. No les importó o ni siquiera vieron la ventana abierta, no notaron mi presencia.

Ella reclamaba, él se defendía. -¿Por qué te le quedas viendo? -No estaba viendo nada. Muchos argumentos, la misma pregunta una y otra vez. -¡Estás inventando cosas! -¿Y si yo hiciera lo mismo? Nada pudo convencerla, nada pudo librarlo.

Tomaron caminos distintos después de varios gritos, mucha ira y demasiada frustración. Tan sólo recuerdo que él esperó un poco más viéndola alejarse. Me dolió su tristeza.

No conozco sus historias ni sus vidas ni creo volver a verlos alguna vez pero se fueron dejándome un recuerdo de cómo se derrumba el amor cuando no hay tolerancia y sí posesividad.

Quizás el amor se esfuma porque cuando lo tenemos, olvidamos que llegó para ponernos alas y nosotros insistimos en atarlo con cadenas.

Entre mujeres


Sólo una mujer comprende las razones de otra para guardar silencio. Sólo una mujer entendería porqué la otra calla y aguanta.

Sólo una mujer puede compartir con otra su pesar, para descubrir, lamentablemente, que no está sola.

Solamente una mujer puede secar las lágrimas de la otra y envolver en un abrazo el cuerpo cansado y adolorido por los golpes de la vida. Y en ese abrazo, darle la fuerza necesaria para seguir en pie.

Sólo una mujer entiende el sufrimiento de otra mujer.

Sobretodo cuando son madre e hija.


Amistad

Algo le punzaba el alma desde hacía unos días. Había un suceso detrás de ese dolor, algo que jamás creyó que podría ocurrir.
Y es que a veces –o muchas veces-, pensamos que por mantener una amistad con alguien, esa persona actuará igual que nosotros o compartirá nuestra forma de pensar.
Hanna creía tener amigas incondicionales, esas que están presentes en todo momento, a cualquier hora; se creía afortunada porque sentía que podía contar con aquella persona de la misma manera en que a ella la llamaba y la buscaba cada vez que tenía el alma y la autoestima golpeada.
Junto a Lana compartía tantas cosas y vivieron muchas experiencias que se contaban una a la otra. Había confianza, confidencia y complicidad.

Hasta que llegó una voz que lo cambió todo. Una voz que la alejó poco a poco, a base de ‘bien intencionados consejos’ sobre lo que debía hacer, con quién debía salir y cómo debía comportarse. La presencia la apartó, la absorbió; se adueñó de ella, como si fuese un simple títere fácil de manejar.
No todo fue obra suya. La inseguridad de Lana jugó un papel determinante. Su necesidad de protección y su miedo a la soledad completaron el cuadro.
Lana se fue con la mente llena de nuevas ideas y vagos argumentos, dejando crecer la distancia entre ella y su fiel confidente. Ya se sentía completa, no necesitaba más la compañía de Hanna, ahora todo lo que antes hacían juntas ahora Lana lo compartía con su voz. Su nuevo mundo.
En cierta ocasión, -de las últimas que tuvieron juntas-, Hanna escuchó un comentario de Lana mientras hablaba con la voz. “Ya no la necesito, contigo tengo todo”. Justo ahí empezó el dolor. Justo ahí Hanna descubrió que en la amistad también hay hipocresía. Se fue sin decir nada, con el dolor punzándole el alma. Lanzó una bendición a nombre de Lana y siguió su rumbo.

Algunos años más tarde, Lana perdió a su voz. Los detalles están de más, simplemente el mundo de Lana se derrumbó. Entonces, tomó el teléfono y marcó…

Rewind

Sin sacar cuentas, hace ya un tiempo que te llevo aquí dentro.

Aquí estás. Permaneces.

Hoy lo recordé, escuchando aquella canción que una vez salió de tus labios, como si el modo aleatorio del reproductor hubiera decidido transportarme al pasado. Y ahí estuve durante los escasos tres minutos y algo de lo que dura la melodía. Cuando volví, te busqué entre mis brazos, a mi lado...

Demás está decirlo. Continué lo que hacía. ¿Qué esperabas? Es fin de semana.

Sólo quería decirte que tengo mucho para ti, demasiado quizás.

Y, sinceramente, ya no sé donde guardarlo.

Cuento breve sobre ausencias

Había una vez un blog...

Pequeño, divertido, coqueto. Se alimentaba de letras que se cultivaban en los campos de la alegría o el dolor y su cosecha siempre era fructífera.
Sus días favoritos eran los fines de semana, cuando salía a pasear y regresaba lleno de momentos por contar, aunque en cada amanecer y anochecer encontraba fragmentos que agregarle a su crecimiento.
Pero después se quedó callado, cambió; se enredó entre rutinas y publicaciones fugaces, ahora está atrapado entre muros y tendencias populares que difícilmente le permiten superar los 140 caracteres de conversación.
Aún visita a sus vecinos pero hace mucho que no interactúa con ellos.
Necesita que el mundo se detenga por un rato para poder gritarle a la vida como solía hacerlo, pero para ello espera el momento de una gran cosecha, sabe ser paciente y dejar que las letras germinen y maduren a su propio ritmo.
Sabe que no envejecerá siempre que haya alguien dispuesto a visitarlo y se niega rotundamente a morir de olvido.