Amaneció y el día pintaba para ser un lunes desaborido, la escena onírica de la noche anterior me dejó una estela de curiosidad e inquietud y me despertó el estómago sin sacudirme el sueño.
Tantas delicias allí presentes me hicieron girar la cabeza y dar una fuerte mordida, pero el insípido sabor de la almohada espabiló los restos de cansancio no muy justo a tiempo; así que fue necesario saltar de entre las sábanas directo a los pantalones.
Una peinada a los dientes. Un poco de pasta en el cabello. Y caí en cuenta que en algún momento tenía que abrir los ojos o terminaría usando los zapatos como aretes.
El tiempo se encogía. Hubo que elegir entre maquillaje o desayuno...
Es más fácil pedir un café para llevar.
La tarde se fue entre planes, ideas, idas y regresos que -como desde hace varios meses- giran en torno a una fecha especial.
Me perdí el atardecer en un pestañeo y amanecí viéndole la cara a la luna. Seguía tan inmersa en mis pendientes que no supe del colapso. De repente todo cambió y por el momento, el acontecimiento parece estar suspendido en el aire.
Aún todo está confuso, no entiendo qué pasó, todavía no quiero creer que todo el proceso de cortar, pegar, medir, decorar y la revolcada en brillantina no servirá de nada. Quiero creer que es sólo un lapso. Que es culpa de la tensión, de las prisas. Del maldito estrés. Tengo la esperanza de que tendrá solución.
Por mientras habrá que poner un velo sobre los muebles, guardar el material y reempaquetar las cajas para protegerlos del polvo. Habrá que esperar que baje la temperatura, enfriar el ánimo y abrir los sentidos. Es necesario aclarar el pensamiento.
Por mientras, hay que cerrar la casa, no el corazón.
Breve
He olvidado el olor de Benito,
el color de Morelos,
la voz de Nezahualcóyotl,
la cara de Sor Juana,
la valentía de Zaragoza
y el valor de Hidalgo
el color de Morelos,
la voz de Nezahualcóyotl,
la cara de Sor Juana,
la valentía de Zaragoza
y el valor de Hidalgo
¿Qué es?
Hay algo atravesado en mi pecho
que se mantiene colgado de un músculo del cuello,
patalea dentro de los jugos estomacales
y palpita en la cicatriz apendicular.
Cuando trato de sacarlo
me raspa la garganta,
altera la temperatura de todo el cuerpo,
excepto manos y pies
que se mantienen fríos;
provoca náuseas,
explota en mi cabeza
y termina desgarrando mis ojos.
Como en feria
Parecía que iba a ser como cualquier otro viaje de cinco días, una semana con un vaivén similar al de un sube y baja. Una rutina bastante bien conocida, una que otra novedad que no pasaría la sorpresa inicial. Y así inició.
Un lunes caluroso con pinta de aburrido. Monótono. El trayecto sin más que lo habitual. Un carrusel con un solo pasajero al que pronto se incorporó la buena compañía de un entrañable amigo con quien siempre se disfruta una plática y una linda película.
Entrando a un martes dizque de mala suerte, algo que nunca he creído. De todas formas no me gustan los martes y eso que -según los calendarios- nací en uno de éstos. Como al principio era similar a una vuelta en la rueda de la fortuna, decidí jugar con eso y combatir la rutina con mensajes y planes adelantados de fin de semana. Tomé el camino a casa a bordo de mis tenis y vi pasar varios tranzabus que me hubieran llevado más rápido pero, ¿cuál es la prisa? No hay nada pendiente.
Hice una escala muy cerca de casa, sólo para visitar y ponerme al tanto de sucesos recientes. A lo que se sumó una llamada ofreciendo transporte a cambio de atención técnica. Demasiado tarde. Ya estaba casi a la vuelta de la esquina, pero ante la afirmación de que no había ningún apuro me tomé mi tiempo. Para mi sorpresa, otra llamada, sólo que esta vez insistía por mi presencia, cuando prácticamente estaba ya con un pie en la entrada.
En ese momento salté abruptamente de la rueda de la fortuna a las tazas locas para oír los gritos de la desesperación y terminar sobre el toro mecánico, tratando de domar la situación, que al final de cuentas, terminó lanzándome a la lona.
Amanecí el miércoles con el cuerpo adolorido, sin ganas de más atracciones, pero sabía que el paseo aún no terminaba. Imaginé que esta vez sería un recorrido tranquilo. La visita que ameritaba una reunión me levantó el ánimo sin saber que me encaminaba a la temida pero excitante montaña rusa.
Sin darme cuenta me subí y el recorrido empezaba a tomar velocidad. La cuesta arriba se estaba haciendo pesada. Las trabas comunes a mis planes parecían estar ganando terreno. Luego, la caída en picada. Llegó tan fugaz como inesperada. Un acercamiento indiferente que con un ágil arrebatón se llevó mis planes, junto con mi celular que aunque viejo y defectuoso, todavía me permitía una que otra llamada entrecortada o mensajes con retraso de entrega.Sin embargo, al igual que en los giros de la montaña, algo pasó en ese momento. Algó contrario a lo que supusé que sentiría si alguna vez fuese víctima de la delincuencia. Tal vez tuvo mucho que ver la frustración del día pero, lo cierto es que a pesar del miedo, me sentí extrañamente liberada.
Lo mejor de todo es que no sólo se llevó un celular en mal estado; se llevó toda la mala vibra con la que amanecí, mi enojo, mi desánimo, mi mal plan y la tensión en mi espalda. De manera curiosa siento que, más allá de provocarme un susto, me quitó un gran peso de encima. Incluso ahora que lo pienso, lo siento por él, porque con tremenda carga, no imagino dónde ni cómo podría terminar.
Ahí acabó el paseo de ese día. No más reuniones. No más llamadas ni mensajes. El descenso llegó. Mis manos frías y temblorosas cubrieron mis ojos cuando expulsaron los restos de adrenalina. Todo acabó en nada.
Para el jueves hubo más calma, a pesar de que quedaba algún remanente de energía. Fue una mezcla entre la escalada y el río salvaje. Que concluyó en la visita a la casa del tío chueco donde lanzé los dardos y por fin gané algo.
El viernes lo único que quería era salir del parque. Basta de atracciones. Sólo quería tirarme al césped o nadar con delfines. Pero el recorrido final me llevó del laberinto, donde me topé con figuras del pasado que dejaron bellos recuerdos y un buen sabor de boca por el fortuito reecuentro, a la casa de los espejos donde las imágenes apreciadas provocaron carcajadas que le dieron un delicioso masaje a mi alma y un buen descanso a mi cuerpo.
Pleamar nocturna
No te burles. Pretender que no se dará cuenta y tratarla como una tonta o ingenua no quiere decir que lo sea. Ella es capaz de ver lo que sucede. Sabe decidir qué cosas quiere creer, cuáles son importantes y hasta que punto está dispuesta a llegar.
Para ti pudiera resultar ridículo molestarse por una tontería, una bromita, una mentirita inocente; pero para ella no lo es. A ella lo que le duele es que le mientas y la engañes. Que intentes hacerle creer algo y que supongas que se tragará el cuento. Ella sabe observar, notar los cambios, recordar detalles y hacer comparaciones para darse cuenta que le tomaste el pelo.
Eso precisamente es lo que le molesta, creer en tus palabras sin dudar para solamente toparse con una farsa, saberse burlada, verse y sentirse ridiculizada.
Dices que sólo era un juego. No pensaste que terminaría así. Ninguno de los dos quiso que terminara de esa manera. Era sólo un juego coqueto. Tú sabes que ella no se niega a ese jugueteo. Y no lo hace porque tiene la confianza de que esa complicidad no será pisoteada. No se siente avergonzada porque supone que es un acuerdo implícito entre ambos, que existe seguridad, que están cómodos con lo que están haciendo. PORQUE CREE Y CONFÍA EN TI.
Ahora ponte un minuto en su lugar. Imagina qué sentirías tú en una situación similar. Si de repente, en el momento más íntimo del juego te das cuenta que fuiste engañado. Verás como tus ojos se abrirán del tamaño de la luna y tu boca se cerrará como tumba, apretando fuerte la mandibula hasta que duelan los dientes.
¿Puedes sentir el latir acelerado del corazón, la sangre caliente recorriendo todo cuerpo? ¿Sientes la vergüenza subiendo por las orejas como un montón de hormigas y el coraje anidado en el cuello, que termina sentado sobre los hombros con peso de plomo? ¿Sientes en la boca el sabor agrio de la burla, que deja el aliento como si acabaras de morder una cebolla? ¿Sientes la tristeza que inunda el pecho? ¿La decepción que cae en el estómago como un concentrado jugo de limón?
¿Lo sientes?
Ella también. Y fue real.
................................Pero sabe perdonar. Porque te quiere.
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